Símbolos, figuras y nombres alegóricos del Espíritu Santo den los sermones de San Juan de Ávila

Rafael Luna García

Autor: Rafael Luna García

Resumen: El objeto de investigación de este trabajo es profundizar y poner de manifiesto la riqueza y exhaustividad de símbolos, figuras y nombres alegóricos que San Juan de Ávila –Doctor de la Iglesia– emplea en sus sermones para designar al Espíritu Santo.

Palabras clave: Juan de Ávila, Espíritu Santo, símbolos, figuras, nombres alegóricos.

Abstract: The subject matter of this piece of research work is to deepen and reveal the richness and exhaustiveness of symbols, figures and allegorical names used by Saint John of Ávila –Doctor of the Church– to refer to the Holy Spirit. 

Keywords: John of Ávila, Holy Spirit, symbols, figures, allegorical names.

Intentaremos en este estudio, tras una breve introducción, hacer un recorrido minucioso y pormenorizado de los símbolos, las figuras y los nombres alegóricos con los que San Juan de Ávila presenta en sus sermones a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

 INTRODUCCIÓN

Deseamos comenzar este apartado con una reflexión sobre el Maestro Ávila de Mons. Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba, en donde nos indica que con la declaración de su doctorado este santo universal pasa a ser propiedad común y seguirá mediando e intercediendo a favor las personas y lugares donde ejerció su ministerio[1]. Al Apóstol de la humildad, San Juan de Ávila, se le podría llamar, por su doctrina y sus obras, «El Maestro o Doctor del amor de Dios y de la confianza en Él»[2]. Debemos sostener que por la actualidad y riqueza de su voz escrita, la doctrina de nuestro autor es contemporánea. Su tiempo, aunque vivió en el siglo XVI, es el tiempo del espíritu que acaricia y domina todos los siglos. En aquel momento, el Maestro Ávila con su proyecto llevó a cabo algo que es permanente y sustanti­vo en el quehacer de la formación teológica: la re­lación y el diálogo fe-razón. Él hizo posible que las cosas de la fe fueran comprendidas por el pueblo, abriendo caminos de fe entre sus oyentes. Nuestro Santo mostró su sapiencia para adecuar su predicación a los casos concretos de la vida cristiana de sus oyentes. Su doctrina es sobresaliente y una puerta abierta a la Iglesia y al amor a Dios, tal y como afirma el teólogo Baldomero Jiménez: «Juan de Ávila es un genio del cristianismo y de la cultura humana en general»[3].

Advirtamos que San Juan de Ávila no tiene ninguna síntesis sistemática y ordenada sobre esta temática. Por consiguiente, será necesario reunir las diversas afirmaciones de nuestro autor de contenido pneumatológico que aparecen dispersas en sus sermones. En este estudio vamos a acotar nuestra exposición, casi exclusivamente, a los seis «sermones del Espíritu Santo», numerados en sus obras completas entre el 27 al 32, ya que todos ellos conforman, dentro del ciclo temporal, una sección separada en la clasificación y división general que se hace de sus sermones en la edición fuente de este estudio[4]. No son los «sermones del Espíritu Santo» todos los sermones que pronunciara San Juan de Ávila sobre este tema, pero en ellos podemos conocer cómo desplegaba el Maestro esta verdad de fe[5].

De su predicación podemos concluir la importancia que tienen para to­dos los fieles de la Iglesia el conocimiento y trato per­sonal con el Espíritu Santo[6].

SÍMBOLOS, FIGURAS Y NOMBRES ALEGÓRICOS

Son numerosos los símbolos, nombres alegóricos y figuras del Espíritu Santo que utiliza en su predicación San Juan de Ávila[7]. Muchos de ellos tienen su fuente en las Sagradas Escrituras. Una vez introducido este apartado —y sin más preámbulo— nos disponemos a su análisis. 

1. Fuego

Es una de las formas visibles que adopta el Espíritu Santo. Este símbolo tiene como principio fontal las Sagradas Escrituras[8]. En efecto, el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña: «El fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo»[9]. El simbolismo del fuego se mantendrá en la tradición espiritual como uno de los más característicos de la acción del Santo Espíritu en el alma[10].

San Juan de Ávila —en sus sermones de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad— utiliza en treinta y dos ocasiones el término «fuego» con este sentido figurativo. La mayoría de las veces usa el término en solitario, pero también lo podemos encontrar unido a otras palabras, formando bellas locuciones: «lenguas de fuego»; «fuego de caridad»; «fuego de amor»; «fuego de Dios»; «fuego de amor de Dios»; «río de fuego»; «fuego del cielo»; «fuego del Espíritu Santo» o «santo fuego».

En catorce ocasiones el Maestro Ávila —en sus sermones— introduce en solitario el término «fuego» como figura del Espíritu Santo; en dos de ellas es para identificar la Tercera Persona de la Santísima Trinidad con el «fuego»[11], y en otra ocasión lo asemeja a un «leal mensajero»[12]. En el resto, principalmente, lo hace para mostrarnos los efectos que obra este «Paráclito»: así nos enseña a reconocer la presencia de este «gran fuego» por el calor y encendimiento que sentiremos en nuestro seno —situándonos nuestro Doctor en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo abrazó, consoló y esforzó a los Apóstoles— y la gran pena y desconsuelo y desdicha que produce su falta[13]; de la misma manera, nuestro Santo nos indica que si no se tienen los ojos en el cielo y no nos hemos desarraigado de todo lo mundano es que aún no se conoce la dulzura de Dios[14]; igualmente, nos muestra la fuerza transformadora del Espíritu que quema y mata todo lo que daña[15]; prosigue el Maestro Ávila y, en otro pasaje del mismo sermón 32, nos enseña cómo la acción de este «fuego» hace mudar al hombre —con Él no hay honra, ni riquezas, ni prosperidades, ni deleites, con el Espíritu se quema todo lo sensual del hombre— al revés de como estaba[16]; otro efecto del Espíritu Santo que pone de manifiesto San Juan de Ávila —en dos pasajes contextuados: uno de ellos en Pentecostés; y otro, citando a Isaías— es la exigencia de este «fuego» para predicar y profetizar cosas de Dios[17]; en el final del sermón 31, nos presenta la necesidad de la inhabitación —pues con nuestras propias fuerzas no nos basta— y sus frutos: abrasa las entrañas; te hace que te arrepientas y andes al lado de Dios[18].

La locución «lenguas de fuego»[19] la usa nuestro autor en dos ocasiones —con base bíblica en Hch 2, 1-17— para mostrar la acción del Espíritu en el Cenáculo sobre los Apóstoles, donde fueron llenos sus entendimientos y recibieron el don de lenguas, o glosolalia, para dar cumplimiento a su misión evangelizadora[20]. En otros pasajes, San Juan de Ávila nos aclara que un síntoma para reconocer la presencia de este «Huésped» en nuestro corazón es sentir «fuego de caridad»[21]. Con la locución «fuego de amor» nuestro Santo —en dos pasajes del sermón 27— nos apunta las condiciones necesarias para que se dé la inhabitación: tener la carne mortificada con ayunos y disciplinas; tener los pensamientos en Dios y los sentidos sujetos; hacer limosna a los pobres y misericordias al prójimo; absteniéndose de todo pecado y falta. Los efectos de su venida serán sus dones y la fortaleza con que su consuelo llenará los corazones[22]. Con la expresión «fuego de Dios» y el giro «fuego de amor de Dios» el Maestro Ávila pone de manifiesto —en comparación con el fuego común y las obras propias— la enseñanza sobre la necesidad de que nuestras obras procedan del Espíritu[23]. En otras dos ocasiones usa también la locución «río de fuego» —citando al profeta Daniel y equiparándolo a la Tercera Persona divina— para advertirnos con esta figura que el Espíritu Santo baja del cielo por los merecimientos de Jesucristo[24]. Otra alegoría que utiliza el «Apóstol de Andalucía» en dos ocasiones es «fuego del Espíritu Santo» para hacernos comprender: por una parte, que el Espíritu todo lo puede[25], y por otra, la necesidad de la gracia y de este «Huésped» para poder predicar[26]. En este mismo pasaje, utiliza «santo fuego» con la misma enseñanza[27]. Para terminar, San Juan de Ávila recurre tres veces a la expresión «fuego del cielo»: la primera, para reiterar la necesidad del Espíritu para hablar de Él[28]; y las otras dos, para orientarnos sobre los efectos que obra en los corazones que habita: quita el temor y hace que actúes conforme a lo que te cumple sin que nada te influya[29].

Analizando los «sermones del Espíritu Santo» de nuestro autor podemos encontrar el término «fuego» sin esta significación alegórica en ocho ocasiones. Y lo hallamos con los siguientes sentidos: como fuego común y como símbolo de Jesucristo[30]; como figura del infierno[31]; en el contexto de la entrega de la Ley a Moisés en el monte de Sinaí[32]; como signo precursor del paso de Dios[33] y para expresar como era la doctrina de los Apóstoles tras la venida del Espíritu Santo en Pentecostés[34].

De esta figura principal, se derivan otras representaciones y efectos del Paráclito, como son: «lumbre»[35] y «calor»[36]. No nos detendremos a explicarlos, basten las citas, porque no ofrecen nada novedoso para el objeto de este estudio. 

2. Viento

El símbolo bíblico del «viento» referido al Espíritu Santo y a su acción pertenece propiamente a la doctrina neotestamentaria[37]. Este símbolo, como nos muestra en sus enseñanzas Juan Pablo II:

«Parece expresar de un modo particular aquel dinamismo sobrenatural por medio del cual Dios mismo se acerca a los hombres para transformarlos interiormente, para santificarlos y, en cierto sentido, según el lenguaje de los Padres, para divinizarlos»[38].

Nuestro autor lo usa en seis ocasiones con este sentido alegórico. Primeramente, en el sermón 31, entroncando su predicación en el evangelio joánico —«El viento sopla donde quiere, y oyes su rumor, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu» (Jn 3,8)— el Maestro Ávila nos muestra cómo el Espíritu toma el control y nos mueve a través de sus dones[39]. En otro pasaje, nuestro Doctor nos sitúa en Pentecostés —acontecimiento nuclear de la revelación del Espíritu Santo—, escenario dónde Dios derramó su gracia en el mundo[40]. En tres ocasiones— todas ellas comentando al profeta Ezequiel— el «Apóstol de Andalucía» nos adentra en los efectos fundamentales que obra el Espíritu: da vida, resucita[41]. Por último, con este símbolo pone de manifiesto la procesión y el origen del Espíritu Santo —el Padre y el Hijo— y su misión y tarea esencial, que no es otra que devolvernos al Padre[42].

De esta figura se derivan por la similitud en su significado otras figuras muy usadas por nuestro autor —que estudiaremos a continuación— como son: soplo, silbo, resuello y aire.

3. Soplo

Una de las señales de la presencia del Espíritu Santo es el «Soplo» de Dios (cf. Jn 3, 5-8). El vocablo «Espíritu» traduce el término hebreo Ruah, que en su primera acepción significa soplo, aire, viento[43]. De ahí, que San Juan de Ávila relacione esta figura con la Tercera Persona divina.

Nuestro autor menciona en veintidós ocasiones la palabra «soplo» como figura del Espíritu Santo. En diez de ellas emplea este símbolo solo y el resto lo hace formando ricas y expresivas locuciones.

En el sermón 29, nuestro Doctor nos presenta el paralelismo entre la acción de Dios plantando su espíritu de vida en Adán y la acción de Jesucristo plantando su Espíritu vivificador en los creyentes como puerta de este «Huésped»[44]. Posteriormente, continuará exponiendo esta analogía afirmando que la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés supera al «soplo» sobre Adán[45]. En otros pasajes, el Maestro Ávila desplegará en su predicación los distintos efectos del Espíritu: salva, da vida, esperanza nueva, tranquilidad y seguridad[46], además de fortaleza, castidad, humildad, caridad y amor[47]. Igualmente —mostrando los ejemplos de San Pedro y del resto de los Apóstoles— nuestro Santo nos enseña que donde sopla el Espíritu cambia el miedo por valentía[48]. Del mismo modo, en un pasaje del sermón 32, San Juan de Ávila usa el diminutivo «soplito» para relacionar los frutos que sintieron en las entrañas los Apóstoles cuando sobre ellos se derramó el Espíritu Santo: sabor; color; gusto; consuelo; descanso; regocijo; alegría; esfuerzo; contentamiento; hartura y abundancia de este «Consolador»[49].

Al «Apóstol de Andalucía» le gusta expresar la riqueza de esta figura con varias locuciones: «soplo bienaventurado»[50]; «soplo de vida»[51] y la circunlocución «soplo que os dé vida»[52]; «soplo de vida espiritual» y «soplo de vida corporal»[53]; «soplo del Espíritu Santo»[54]; «santo soplo»[55]; «soplo santo»[56]; «soplo del Señor»[57] y «soplo de Dios»[58]. También encontramos este vocablo en una ocasión sin esta significación figurativa[59].

4. Silbo

En estrecha relación con el anterior símbolo —por la semejanza en sus significados— encontramos la siguiente figura: «silbo». Nuestro autor hace uso de este vocablo y sus diminutivos en cuatro ocasiones. Todas ellas en relación a dos acontecimientos bíblicos citados por el Maestro Ávila en su predicación: la venida del Espíritu en Pentecostés y cuando Dios manda al profeta Elías al monte (cf. 1 Re 19, 11-12).

Con esta figura, San Juan de Ávila nos descubre la suavidad de la acción del Espíritu Santo[60]. Con los diminutivos «silbico»[61] y «silbito»[62], nuestro autor nos acentúa de nuevo esa delicadeza e intimidad de Dios.

5. Resuello

Nuestro Maestro enlaza a través de esta figura —y con acertadas puntadas— dos momentos del Plan de Dios: la acción del soplo de Dios sobre Adán en la Creación y la misión salvífica y soteriológica de Cristo.

El «Apóstol de Andalucía» nos esclarece el significado de resuello: «lo que hizo en aquel cuerpo muerto, que fue el ánima; porque sin el ánima está el cuerpo muerto»[63]; y completa su significación en otro pasaje donde nos dice: «Así como el cuerpo sin anhélito es muerto, así está muerta el ánima sin el Espíritu Santo. Este Espíritu Santo es ánima de nuestra ánima. Sopló Dios nues­tro Señor en el primer hombre spiraculum vitae, re­suello de vida, y luego la tuvo, y aquello fue figura de la vida espiritual. Diole nuestro Señor Dios a Adán cuerpo, y para que aquel cuerpo tuviese vida y viviese, diole ánima que lo vivificase; y para que aquella ánima también tuviese vida, diole Espíritu Santo»[64]. De aquí podemos concluir —una vez más— la necesidad que tenemos del Espíritu Santo para tener vida espiritual.

Nuestro Doctor recurre a esta figura en seis ocasiones. Tres de ellas utilizando únicamente el término «resuello»[65]; y otras tres, formando las siguientes locuciones: «resuello de vida»[66] y «resuello de Cristo»[67].

6. Aire

Continuamos con la figura del «aire» relacionada igualmente con las figuras tratadas anteriormente por su similar significación. Este término y sus diminutivos aparecen hasta en cuatro ocasiones en los «sermones del Espíritu Santo».

En un mismo texto de nuestro Santo, podemos encontrar esta figura —junto al símbolo «soplo bienaventurado» y al apelativo «Piloto»— refiriéndose al Espíritu Santo[68].

El diminutivo «airecico» lo emplea San Juan de Ávila en dos ocasiones: la primera, formando la locución «un airecico santo» para mostrarnos los numerosos efectos del Espíritu[69]; y la segunda, junto a otro diminutivo «airecito» —citando al profeta Isaías (cf. Is 40, 6-7) — para advertirnos de la necesidad de estar justificados[70].

7. Sonido

Esta figura la utiliza el maestro Ávila en dos ocasiones, en el contexto de la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.

En primer lugar, encontramos un texto donde nuestro autor nos muestra la fortaleza del Espíritu ya que el «sonido hizo temblar el cenáculo»[71]; y en segundo lugar, hallamos un pasaje en la predicación de nuestro Doctor en el que relaciona el «sonido» con el «don de lenguas» obrado por la acción de la Tercera Persona divina[72].

8. Agua

El «agua» es símbolo de la abundancia del Espíritu Santo y de su acción en el bautismo[73]. Será Jesús quien lo presente como tal el último día de la fiesta ante la muchedumbre, diciendo en voz alta: «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beberá; del que cree en mí se puede decir lo que afirma la Escritura. De su seno manarán ríos de agua viva» (Jn 7, 37-39)[74].

San Juan de Ávila hace uso de esta figura en dieciséis ocasiones: diez veces aparece sola —siete en singular y tres en plural—; dos en latín (aqua y aquas); y las cuatro restantes formando las locuciones: «fuente(s) de agua viva»; «ríos de agua viva» y «agua de su santo Espíritu».

Nuestro autor utiliza la figura del «agua» siempre en un contexto bíblico, esencialmente en relación a textos joánicos: la promesa del agua viva[75]; la entrevista a Nicodemo[76] o el diálogo de Jesús con la samaritana[77]. Aunque también lo encontramos citando al profeta Isaías, en donde relaciona el símbolo del «agua» —y sus efectos: purifica; refresca; limpia; apaga la sed— con las figuras del «vino» y la «leche»[78].

 9. Vino

El «vino» es otro símbolo del Espíritu Santo y hace referencia al fervor, gozo y celo ardiente que provoca la gracia. Nuestro autor usa esta figura, en relación a las figuras del «agua» y la «leche», citando la exhortación final del profeta Isaías, que nos evoca la invitación al banquete de la Sabiduría (cf. Pr 9, 1-6). San Juan de Ávila emplea en cinco ocasiones este símbolo, una de ellas en latín: «vinum»[79]. El Maestro Ávila nos explica por qué se simboliza al Espíritu con el «vino», veámoslo con sus palabras:

«Vino, porque te hace salir de tu seso y tomar el seso de Cristo; quítate tu parecer y voluntad, y date el pa­recer y voluntad y querer de Jesucristo nuestro Se­ñor y Redemptor. ¿Quién lo quiere recebir, que de balde se da? Vino, porque da fuerza y da alientos para padecer y recebir trabajos por Cristo, y alegra el corazón, y pone contento en todo lo adverso»[80].

10. Leche

La «leche» expresa la dulzura del Espíritu Santo y también es usada en el mismo contexto de la cita prototestamentaria del profeta Isaías (cf. Is 55,1). Nuestro autor emplea en cuatro ocasiones esta figura —una de ellas en latín: «lac»— y nos explica en su predicación que la Tercera Persona divina es nuestro alimento, el «pedagogo» que nos rige, nos enseña y nos gobierna en nuestra niñez espiritual[81].

11. Luz

Este símbolo lo esgrime nuestro Doctor —en el sermón 31— para mostrarnos cómo el Espíritu Santo ilumina las inteligencias y los corazones de los hombres[82]. En otra ocasión, nuestro autor recurre a este símbolo refiriéndose no al Espíritu Santo sino a Jesucristo[83].

12. Mano

San Juan de Ávila utiliza en seis ocasiones la figura de la «mano» para simbolizar la acción de guía, dirección y gobierno del Espíritu Santo[84]. En cinco de las seis veces, nuestro autor usa este símbolo formando las locuciones: «mano de Dios»[85]; «mano del Señor»[86] y «mano del Espíritu»[87]. En una ocasión, nuestro autor emplea los términos «mano» y «brazo» refiriéndose a la fuerza y amparo de Jesucristo[88].

13. Dedo

El Maestro Ávila introduce el símbolo del «dedo» —en un pasaje del sermón 32— citando la segunda epístola a los Corintios del Apóstol San Pablo y aludiendo al Evangelio como la Ley que el Espíritu Santo escribe en nuestros corazones[89].

14. Paloma

Nuestro autor se sirve de esta figura del Espíritu Santo en cuatro ocasiones[90]. Todas ellas en relación al relato del Arca de Noé del Génesis (cf. Gn 8, 8-12), mostrando en varios pasajes como la «paloma» soltada por Noé vuelve con una rama de olivo en el pico tras el final del diluvio, cuyo simbolismo se refiere al bautismo[91]. Conviene destacar que no hemos encontrado en los sermones de San Juan de Ávila el uso de esta figura en relación a los acontecimientos bíblicos del bautismo de Jesús o Pentecostés. En el sermón 27 nuestro Santo emplea este término como símbolo de la Iglesia[92].

15. Sello

Es una figura del Espíritu Santo de la cual se vale San Juan de Ávila en dos ocasiones —en el contexto del texto bíblico Cant 8,6— para mostrarnos la necesidad de estar marcados con el «Espíritu de Cristo»[93].

16. Hierro

El «Apóstol de Andalucía» usa en una sola ocasión este símbolo y con la misma significación y contexto que la figura «sello»[94].

17. Señal

Con un sentido semejante a las figuras «hierro» y «sello», nuestro Maestro utiliza en dos ocasiones este símbolo, en su predicación, para mostrarnos nuestra pertenencia a Cristo[95].

18. Beso

Nuestro Santo nos muestra con este símbolo lo más íntimo de la acción del Espíritu Santo. San Juan de Ávila lo emplea en cuatro ocasiones: dos veces usa el término solo[96] y en otras dos ocasiones formando la locución «beso de paz»[97].

19. Miel

San Juan de Ávila usa este símbolo en dos ocasiones para mostrarnos la dulzura del Espíritu Santo. De la misma manera, nuestro Doctor relaciona esta figura con el envío de la Tercera Persona divina por los merecimientos de Cristo[98].

20. Palabra

Nuestro autor utiliza en una ocasión la locución «palabra de Cristo» como la Palabra inspirada por el Espíritu[99].

21. Voz

Con el mismo sentido y significación que la figura anterior, nuestro Santo emplea en dos ocasiones este símbolo[100]. También usa el giro «la voz del Espíritu Santo» para mostrarnos una cualidad de persona de este «Consolador»[101], aunque no como figura.

22. Sentimiento

Es una figura muy original que nuestro Doctor usa para exponer la acción del Espíritu Santo en los corazones de quienes le reciben[102].

23. Encendimiento

En referencia al símbolo «fuego», nuestro Santo usa esta figura para expresar el ardor que produce el Espíritu Santo en los corazones[103].

 

Para concluir, solo nos queda destacar la gran riqueza y abundancia de símbolos, figuras y nombres alegóricos del Espíritu Santo que nuestro Doctor usa en sus sermones.

 

[1] «San Juan de Ávila es un santo universal. Cuando la Iglesia canoniza a un santo lo universaliza, es decir, lo «expropia» para el bien común de toda la Iglesia. Deja de ser propiedad privada y pasa a ser propiedad común. No se le quita a nadie, sino que se lo da a todos. […] El que durante su vida terrena ha estado especialmente relacionado con lugares y las personas de tales lugares, no dejará de estar más relacionado aún desde el cielo, con una capacidad benéfica mucho mayor, sin ningún obstáculo que empañe su mediación y su intercesión. San Juan de Ávila sigue siendo de donde es y al canonizarlo no ha dejado de serlo, pasando a ser un santo de la Iglesia universal», D. Fernández González, Un santo Universal, cita tomada de Mª E. (ed.) González Rodríguez, Entre todos, Juan de Ávila (Madrid 2011) 93-97.

[2] Esquerda Bifet, Diccionario San Juan de Ávila (Burgos 1999), 880.

[3] B. Jiménez Duque, El Maestro Juan de Ávila (Madrid 1988), 220.

[4] Cf. L. Sala Balust- F. Martín Hernández, San Juan de Ávila. Obras completas III (Madrid 2007) 323-406. A partir de ahora, cada vez que citemos un sermón lo haremos mencionando en primer lugar dicho sermón y su número y, a continuación, OC (Obras Completas), el volumen (III) y la página correspondiente a la mención.

[5] Nuestra investigación se ceñirá a los seis sermones predicados en el tiempo litúrgico de la Ascensión y Pentecostés, clasificados y recogidos en una sección separada y conocidos como los «sermones del Espíritu Santo», en OC III, 323-406. Igualmente, con este título encontramos también –y únicamente– los mismos seis sermones, en San Juan de Ávila, Sermones del Espíritu Santo (Madrid 1998). Con la idea de evitar errores de interpretación, debemos aclarar que hay autores que hablan de diez sermones avilistas dedicados al Espíritu Santo —por ejemplo, cf. Esquerda Bifet, Diccionario, 365—, pues a los pronunciados por nuestro autor en el tiempo litúrgico de la Ascensión y Pentecostés, les unen algunos sermones predicados en el tiempo de Adviento y fiestas marianas que, aunque no están dedicados directamente al Espíritu Santo, la temática de la Tercera Persona divina está también presente.

[6] Por ejemplo: «Sábele tú llamar a este Consolador, procúralo agradar y tener contento; porque quien tal Huésped tiene, no se debe descuidar en nada, porque tan gran Huésped gran cuidado requiere. Dile: “Señor, con vos sólo estoy contento, vos sólo bastáis a me har­tar; sin vos no quiero a nadie, y con vos todo lo tengo; estad vos conmigo y fáltenme todos; conso­ladme vos y desconsuéleme todo el mundo; sed vos conmigo, y todo el resto contra mi”», Sermón 30, OC III, 368; «Final­mente, si no pierdes la gracia, andará tan a tu lado, que nada puedas hacer, decir ni pensar, que no pase por su mano y santo consejo. Seráte amigo fiel y verdadero», Sermón 30, OC III, 369; «un soplo santo, un refresco que te da vida, te esfuerza, te anima, y te hace volver en ti, y te da nuevos deseos, amor vivo, muy grandes y santos contentos, y te hace hablar palabras y hacer obras que tú mismo te espantas. Eso es Espíritu Santo; eso es Consolador, que en soplando que sopla, en vi­niendo que viene, os hallaréis tocado como de piedra imán, y con alientos nuevos, y obras y palabras y deseos nuevos; que antes no hallábades tomo en cosa ninguna, todo os estorbaba, todo os enojaba; ahora en todo hallaréis sabor y mucho contento, en todo os alegráis, todo os enseña […] y os da a conocer el Hacedor y Criador maravilloso de todas las cosas», Sermón 30, OC III, 370. Para estudiar el tema de la predicación en San Juan de Ávila, remitimos a algunas obras en las que se puede analizar con más profundidad este tema: cf. Esquerda Bifet, Diccionario, 754-763; Introducción a la doctrina de San Juan de Ávila (Madrid 2000) 267-269; 15 días con Juan de Ávila (Madrid 2006) 95-100. También Fr. L. de Granada, Obras completas. Edición crítica por Fr. Justo Cuervo, vol. XIV, Vida del B. Juan de Ávila y las partes que ha de tener un predicador del evangelio (Madrid 1906); J. A. Munitiz, “La oratoria del Bto. Ávila y los clásicos” en: Humanidades 21 (1928); L. Morales Oliver, “El Beato Maestro Juan de Ávila y el estilo de la predicación cris­tiana” en: Semana Avilista (Madrid 1952) 19-28; A. Huerga, “El ministerio de la palabra en el B. Juan de Ávila” en: Semana Avilista (Madrid 1969) 93-147; R. M. Hornedo, “El estilo coloquial del Beato Ávila” en: Razón y Fe 868 (1970) 513-524; J. J. Gallego Palomero, “La predicación”, 799-849; “El Mtro. Ávila, predicador” en: L. Sala Balust- F. Martín Hernández, San Juan de Ávila. Obras completas I (Madrid 2007) 245-258.

[7] Para comprender el significado del término «símbolo» transcribimos la definición de este vocablo: «Imagen, figura o divisa con que materialmente o de palabra se representa un concepto moral o intelectual, por alguna semejanza o correspondencia que el entendimiento percibe entre este concepto y aquella imagen», Espasa Diccionario Enciclopédico (Madrid 1988), Tomo XVI, 9432.

[8] Para profundizar en el símbolo del «fuego» remitimos a, cf. Cantalamessa, Ven, Espíritu Creador. Meditaciones sobre el Veni Creator (Buenos Aires 2011) 139-157.

[9] CEC 696.

[10] Cf. ibid.

[11] «Un amor firme en Dios, que el Espíritu Santo fuego es», Sermón 27, OC III, 330; «El Espíritu Santo es fuego, es ardor de corazón», Sermón 30, OC III, 398.

[12] «Es el fuego muy leal mensajero, que está allí el Espíritu Santo», ibid.

[13] «¡Qué subamos al altar y metamos un terrón de azúcar en la boca, y no sintamos dulzura; que metamos un gran fuego en nuestro seno, y no sintamos calor! ¡Gran pena, gran desconsuelo! Téngase por desdichado el que de esta manera se sintiere», Sermón 28, OC III, 346; «Cuando vos sentís un encendimiento dentro de vos, que os arde el corazón en amor de Dios, el Espíritu Santo es; es el fuego muy leal mensajero, que está allí el Espíritu Santo. Entra, pues, el Espíritu Santo en los apóstoles, abrázalos, consuélalos, esfuérzalos, dales un beso de paz», Sermón 32, OC III, 398.

[14] «Como confías en la tierra, no tienes tus ojos en el cielo. Como no te has desarraigado de todo lo de acá, aún no te ha silbado, aún no conoces la dulzura de Dios […] Lumbre se dice y fuego», Sermón 32, OC III, 400.

[15] «No, sino el Espíritu Santo, que es fuego que quema todas estas cosas y las deshace, para que no nos puedan empecer, como a pajuelas […] Cuando tengas el Espíritu Santo, Él mata todo lo que daña; pero si hay pajitas, señal es que no hay fuego que las queme», Sermón 32, OC III, 402.

[16] «¿Qué es, que an­daba el mancebo por ahí perdido, un loquillo calle­jero, toda su bienaventuranza puesta en andar por las calles, mirando y deseando a la otra, y desde ha poco le veis recogido, casto, y humilde, y virtuoso? ¿Quién lo hace esto? El Espíritu Santo, el fuego que quema cuanto halla. Con este fuego no hay honra ni riquezas, ni prosperidades, ni deleites que el hombre desee; todo lo hace tener en poco y tenerlo debajo de los pies. Con este fuego se quema todo lo sensual del hombre», ibid.

[17] «Fueron los bienaventurados apóstoles llenos, y muy llenos, del fuego del Espíritu Santo; fueron lle­nos de esta celestial gracia, para dar a entender que nadie debe hablar ni predicar de este Santo Espíritu sino lleno, y muy lleno, de este celestial don y de este santo fuego. […], encen­didas con fuego, encendidas con amor», Sermón 30, OC III, 363; «Cuando Dios le vio de esta manera ya, envió un serafín con unas tijeras de despabilar, que estaban en el altar, y metiólas en el fuego que allí estaba. Tomó el serafín un ascua de aquel fuego y tocó con ella los labios de Esaías, y luego quedaron muy limpios», Sermón 29, OC III, 350.

[18] «Veniros un fuego tan grande, que os abrasa las entrañas […] Como Dios, os movió a hacer cosa que vuestra fuerza no bas­taba. Cuando vieres algo en ti de eso, di: «No lo pensé yo»; ése es el Espíritu Santo que mora en vos. Cuando tienes gran contrición, esto hace: llamar ¡Padre! ¡Padre! (cf. Rm 8,15; Gal 4,6). Hácete que no te olvides, sino que siempre andes al lado de Dios», Sermón 31, OC III 386.

[19] Para profundizar en la locución de «lenguas de fuego» remitimos a, cf. Cantalamessa, 266-268.

[20] «Encendidas iban las entrañas, y llenas de gracia, que nuestro Señor envió a sus san­tos apóstoles, pues hablaron las maravillas y gran­dezas que de Dios hablaron y dijeron, y por todo el mundo pregonaron. Vino en lenguas de fuego para damos a entender que han de ser las lenguas de los que hablaren cosas de Dios y sus maravillas», Sermón 30, OC III, 363; « Vino primero un sonido que hizo temblar el cenáculo, para dar a entender que era fuerte. Y luego vinieron lenguas de fuego, que pare­cían visibles sobre las cabezas de los que allí estaban, para dar a entender que el Espíritu Santo es fuego, es ardor de corazón. Cuando vos sentís un encendi­miento dentro de vos, que os arde el corazón en amor de Dios, el Espíritu Santo es», Sermón 32, OC III, 398.

[21] «Esta señal te doy, hermano: cuando sin­tieres en tu corazón un fuego encendido de caridad, un amor firme en Dios, que el Espíritu Santo fuego es», Sermón 27, OC III, 330; «Estabas tú malo, pesado, sin fuego de caridad, muerto, y no sabías hacer a nadie una poca de misericordia ni tenías ternura», Sermón 30, OC III, 371.

[22] «Sube ese corazón al cielo muchas veces y suplícale te lo abrase con fuego de amor. Muerta ha de estar tu carne y manida, castigada y mortificada, domada con ayunos y disciplinas; has de estar muerto al mundo, has de tener tu corazón guardado, en Dios tus pensamientos y deseos levantados», Sermón 27, OC III, 329; «haga­mos muchas limosnas a los pobres; hagamos miseri­cordias a nuestros prójimos; abstengámonos de todo pecado y de toda falta en esta Semana Santa; tenga­mos nuestros sentidos muy sujetos, y todos estemos con verdadera confianza, que por su misericordia vendrá en fuego de amor, fortalecer[á] nuestros co­razones y darnos ha sus dones», Sermón 27, OC III, 333.

[23] «Toman los encensarios y ponen fuego de por ahí y no del que Dios había mandado; comienzan a encensar, y no solamente no fue acepto, mas presen­cialmente los mató allí Dios y los sacaron muertos con sus sábanas y sobrepellices, por causa del fuego que pusieron (Lv 10,1-5). Habíales Dios mandado que no le sacrificasen con el fuego común, sino con el que Él enviase; hácenlo al revés, y reciben la pena de su delito. ¡Ay del sacerdote que sube al altar si no lleva en su corazón el fuego de Dios! ¡Ay de aquel sacer­dote que dice misa o va a entierros con fuego de la tierra, con fuego de codicia o de vanidad, y no con fuego de amor de Dios! ¡Ay de él!, que le dirán. «Daca, el bien que hiciste, ¿de qué corazón salió? ¿Salió de corazón tuyo o de corazón mío?» Todo lo que hallare no haber procedido de fuego de amor de Dios, no lo recibirá Dios», Sermón 28, OC III, 342.

[24] «Vido Daniel un río de fuego que bajaba hacia abajo (cf. Dan 7,10). […] de la faz de los merecimientos de Jesucristo viene. ¿Qué es venir, sino correr hacia bajo? ¿No vino del cielo a la tie­rra? ¿No es eso bajar? Corre, desciende hasta la bajeza de los hombres el río de fuego que es el Es­píritu Santo», Sermón 31, OC III, 379.

[25] «No es más esto delante del fuego del Espíritu Santo que una pajita liviana echada en una grandísima hoguera. Cuando tengas el Espíritu Santo, Él mata todo lo que daña», Sermón 32, OC III, 402.

[26] «Fueron los bienaventurados apóstoles llenos, y muy llenos, del fuego del Espíritu Santo; fueron lle­nos de esta celestial gracia, para dar a entender que nadie debe hablar ni predicar de este Santo Espíritu sino lleno, y muy lleno, de este celestial don y de este santo fuego», Sermón 30, OC III, 363.

[27] Ibid. «Hémonos juntado a oír y hablar del Espíritu Santo; para tan gran negocio menester hemos la gracia, menester hemos el mismo Espíritu santo, que se infunda en nuestros corazones y los ablande y abrase con su santo fuego de sus divinos dones», Sermón 30, OC III, 363-364.

[28] «Si mis labios están sucios, yo soy de ello buen testigo que lo están, y no son dignos de hablar cosas del cielo si el Señor no envía fuego del cielo para que me los limpie; supliquémosle lo haga», Sermón 29, OC III, 350.

[29] «Estando en este propósito, descendió fuego del cielo y tocóle, y como le tocó, vuelve, y si antes hablaba una palabra, después hablaba cuatro. Cuando viene fuego del cielo, cuando viene el Espíritu Santo, quita el temor que el hombre tiene; pobreza, ni deshonra, ni hambre, ni vituperios, muerte, ni tentaciones de carne, ni al mundo, ni al demonio; todo cuanto mal estas cosas le pueden ha­cer, no lo tiene en una picadura de mosca», Sermón 32, OC III, 401.

[30] «¿A qué pensáis que vine al mundo sino a meter fuego? ¿Qué quiero sino que anda? Con un baptismo tengo de ser baptizado: ya estoy angustiado hasta que venga aquel día (cf. Lc 12, 49-50). Él era el fuego, y había de ser encendido; y sabía que el baptismo era cuando había de derramar su sangre en la cruz y deseábalo nuestro Redemptor. […] sabía Él que había de ser asado con fuego de tormentos en la cruz», Sermón 32, OC III, 392.

[31] «Pues, si no estuviera en Él, ¿qué fuera de mí? “Si el sarmiento no permaneciere en la vid, no escapará del fuego” (cf. Jn 15,6) y si tú no estuvieres en Jesucristo, no escapa­rás del infierno», Sermón 28, OC III, 339.

[32] «No hacía aquella Ley sino poner espanto, como el fuego cuando apareció Dios en el monte con aque­llos truenos y relámpagos. Y aquello que pasó en el día que la Ley se dio en el monte de Sinaí fue en fi­gura de la Ley que se dio en el monte de Sión», Sermón 32, OC III, 394.

[33] «Mandó Dios a Elías que se fuese al monte. ¿Para qué? —Elías, ¿qué viste? Dice: Vi un aire muy grande y fuerte que derribaba los montes, pero no venía allí el Señor. Pasado el viento, ¿qué vino? Fuego, pero no estaba allí el Señor. Pasado el fuego, venía un silbito suave; allí venía el Señor», Sermón 32, OC III, 398-399.

[34] «Si no, miradlo en los apóstoles que estaban co­bardes, porque se querían mucho. Viene a ellos el Espíritu Santo entra en aquellos corazones, quítasel­es aquel temor […] llenos y rellenos del Espíritu Santo, llenos de fortaleza y de caridad, y comienzan a predicar con grandísimo hervor, no doctrinas frías, sino hervien­tes corno fuego», Sermón 32, OC III, 404.

[35] «Alumbrá, Señor, con los rayos de vuestra lumbre y claridad eterna, las tinieblas de mi entendimiento, para que pueda con claridad y certidumbre escoger a vos», Sermón 30, OC III, 372; «Y si para los que te temen tanto bien aparejaste, ¿qué harás para los que te aman? Lumbre se dice y fuego», Sermón 32, OC III, 400. También emplea esta figura refiriéndose a Jesucristo: «¿Quién es la lumbre? Jesucristo», Sermón 28, OC III, 345.

[36] «¡Qué suba­mos al altar y metamos un terrón de azúcar en la boca, y no sintamos dulzura; que metamos un gran fuego en nuestro seno, y no sintamos calor! ¡Gran pena, gran desconsuelo! […] Ipse Spiritus testimonium reddit spiritui nostro quod sumus fllii Dei (cf. Rm 8,16). El mismo Espíritu Santo con su consuelo, con su calor, nos da testimonio y dice que somos hijos de Dios», Sermón 28, OC III, 346.

[37] Para profundizar en el símbolo del «viento» remitimos a, cf. Cantalamessa, 32-37.

[38] Juan Pablo II, Audiencia General, 17 octubre 1990. Cf. también, Juan Pablo II, Creo en el Espíritu Santo. Catequesis sobre el Credo (III) (Madrid 1997).

[39] «Es como viento que no sabéis de dónde vino ni va; y muéveos el Espíritu Santo. ¡Cuánto es la obra de mayor fuerza que la que vos teníades, que os es­pantáis de vello hecho!», Sermón 31, OC III, 386.

[40] «Celebramos hoy cuando dio Dios la gracia al mundo. Si allá se dio la Ley en monte, acá la gracia en monte; allá bocinas, acá bocinas; pero allá se es­pantaron, acá no tanto. […]; luego previno un viento, como quien dice, estad atentos», Sermón 32, OC III, 395.

[41] «Antes que venga este Consolador, antes que sople este viento de Espíritu Santo […] todo se le hace dificultoso, todo le parece imposible, no le parece que hay camino para el cielo, […] pero Dios que todo lo puede, los puede cubrir de carne, y dalles espíritu de vida, y resucitarlos, y dalles movimiento y vida», Sermón 30, OC III, 370; «Hueso seco, duro y sin jugo ni virtud es todo hombre que está sin el Espíritu Santo; hueso muerto. Pero después que el profeta llamó al viento para que soplase sobre los muertos, tuvie­ron los huesos vida», Sermón 30, OC III, 371; «De los cuatro vientos de la tierra, venid, so­plá sobre estos hombres muertos y vivirán luego. Acabando de profetizar, tuvieron vida y levantá­ronse y estuvieron sobre sus pies», Sermón 32, OC III, 403.

[42] «De allá sale el viento, y allá vuelve, al Padre y al Hijo; de allá lo espiran, y allá espira Él a sus ami­gos; allá los guía, allá los lleva, para allá los quiere», Sermón 30, OC III, 370.

[43] Cf. CEC 691. Para profundizar en el conocimiento de estos términos bíblicos, cf. A. Díez Macho & S. Bartina, Enciclopedia de la Biblia, Vol. I-VI (Barcelona 1963); P. M. Bogaert et alt, Diccionario enciclopédico de la Biblia (Barcelona 1993).

[44] «Así como lo plantó Dios en Adán: quedó vivo, quedó con espí­ritu; así plantó en ti Jesucristo su Espíritu vivifica­dor; darte ha vida. Así conviene que se ponga el gran Eliseo sobre el niño pequeño y defunto, que se encorva y abaja sobre él, que le quiere dar su resue­llo, su soplo», Sermón 29, OC III, 356.

[45] «Y, porque los apóstoles amaron tanto a Jesucristo, sóplanles hoy, danles el Espíritu Santo. Mejor soplo fue éste que aquel que dieron al primer hombre cuando lo criaron», ibid.

[46] «¡Cuántos testigos veremos en el día pos­trero de esto, que sus naos iban ya para ser perder, iban a se hacer pedazos, estaban para se hundir, y soplándolos tu soplo fueron salvas, y llegaron con tranquilidad y seguridad al puerto! ¡Cuántos, per­dida toda esperanza de vida, resucitó su Espíritu, y dio vida y deseos nuevos, y alegró y confirmó con nueva esperanza!», Sermón 30, OC III, 371.

[47] «Hoy es el día en que os dará un soplo, no en las orejas, no en los oídos, no en nada de lo de acá fuera, sino dentro de vuestros corazones; un soplo que os dé vida, un soplo que os dé fortaleza, un soplo que os dé castidad, un soplo que os dé humildad, un soplo que os dé caridad y amor y todas las otras virtudes, un soplo que refresque vuestras animas», Sermón 32, OC III, 404.

[48] «Echan los apóstoles en la cárcel, azótanlos y mandalos que no prediquen, y ellos sálense riendo y gozosos y sintiéndose por bienaventurados porque fueron dignos de padecer trabajos y afrentas por Cristo nuestro Redentor (Hch 5,41). Si no, mira que por miedo de una mujercilla niega y reniega San Pedro tres veces de Jesucristo, y dice: No conozco tal hom­bre (cf. Mt 26,72; Mc 14,71; Lc 22,57). Y después de venido este Consolador, este so­plo a su corazón, no bastan amenazas, no cárceles, no prisiones, no azotes, no la misma muerte para ha­cerle que dejase de predicar y confesar el santo nombre de Jesucristo», Sermón 30, OC III, 371.

[49] «¡Oh qué sabor, oh qué color, oh qué gusto, oh qué consuelo, oh qué descanso, oh qué regocijo, oh qué alegría, oh qué esfuerzo sintie­ron los apóstoles cuando sintieron el silbo dentro de sus entrañas! ¡Qué contentamiento sintieron sus áni­mas, qué hartas, qué rellenas, qué abundantes esta­ban del Espíritu Santo! ¡Plégale a Él nos dé el so­plito y el silbito», Sermón 32, OC III, 400.

[50] «¡Oh alegre Consolador! ¡Oh soplo bienaventu­rado, que lleva las naos al cielo!», Sermón 30, OC III, 370.

[51] «Crió Dios el primer hombre, tomó un poco de tie­rra, hizo así una forma, y luego infundió en él anima, spiravit in eum spiraculum vitae (cf. Gn 2,7): sopló Dios en aquel cuerpo un soplo de vida; en lo hebreo está in nares eius, que por las narices sopló Dios el ánima de Adán», Sermón 29, OC III, 351-352; «Crió al hombre de lo más ínfimo de la tierra, y como buen ollero, desque lo tuvo formado de la tierra, so­plóle en la faz soplo de vida (el hebreo dice en las narices). En soplando que el Señor le sopló, levan­tóse el hombre vivo (Gn 2,7)», Sermón 32, OC III, 388.

[52] «Hoy es el día en que os dará un soplo, no en las orejas, no en los oídos, no en nada de lo de acá fuera, sino dentro de vuestros corazones; un soplo que os dé vida», Sermón 32, OC III, 404.

[53] «Este Espíritu Santo es ánima de nuestra ánima […] Diole nuestro Señor Dios a Adán cuerpo, y para que aquel cuerpo tuviese vida y viviese, diole ánima que lo vivificase; y para que aquella ánima también tuviese vida, diole Espíritu Santo, Spinitus vitae, dice San Pablo (Rm 8,2) vida de mi vida, alma de mi alma. Diole soplo de vida corporal, diole también soplo de vida espiritual, fuele dado Espíritu Santo», Sermón 32, OC III, 388.

[54] «Y por eso dice Cristo nuestro Señor: Quien hobiere sed, venga a mí. Viniendo a Él, y bebiendo del agua de su Santo Espíritu, y recibiendo este Consolador y este soplo del Espíritu Santo, será harto, será consolado, será enseñado y lleno de abundancia y guiado sin error y fuera de toda duda», Sermón 30, OC III, 371.

[55] «En gracia se estaban los bienaventurados apósto­les, pero aún estaban llenos de flaquezas […] mas venido este santo soplo del Espíritu Santo, llenos de gracia y hechos fuertes, sin temor ninguno empiezan a predicar a los hombres los misterios de nuestra redención», Sermón 29, OC III, 357.

[56] «Y estando así en este descontento, y algunas veces bien descuidado, viene un airecico santo, un soplo santo, un refresco que te da vida», Sermón 30, OC III, 370.

[57] «¡Oh cuántos habrá —ahora es el desmayo— que os parecerá tener buena cuenta delante de Dios, y cuando seáis llamados a juicio no podréis estar en pie, porque el soplo del Señor soplará!», Sermón 28, OC III, 341.

[58] «¿Quién te defenderá del juicio de Dios? ¿Piensas tú que te podrás defender? No te defenderá de Dios sino el mismo Dios. El so­plo de Dios derriba la flor», Sermón 28, OC III, 342.

[59] «Porque vos os halláis un tiempo devoto y amigo de rezar y contemplar, y todas las temptaciones no se os hacían un soplo», Sermón 31, OC III, 381.

[60] «¡Oh qué sabor, oh qué color, oh qué gusto, oh qué consuelo, oh qué descanso, oh qué regocijo, oh qué alegría, oh qué esfuerzo sintie­ron los apóstoles cuando sintieron el silbo dentro de sus entrañas!», Sermón 32, OC III, 400.

[61] «Cuán presto lo menosprecia todo, cuán poco se da por todo a la voz del Espíritu Santo, que le dice: «¿Qué haces ahí?». En el silbico venía el Espíritu Santo», Sermón 32, OC III, 399.

[62] «Pasado el fuego, venía un silbito suave; allí venía el Señor», Sermón 32, OC III, 399; «¡Plégale a Él nos dé el soplito y el silbito!», Sermón 32, OC III, 400.

[63] Sermón 29, OC III, 352.

[64] Sermón 32, OC III, 388.

[65] «Crió Dios el primer hombre, tomó un poco de tie­rra, hizo así una forma, y luego infundió en él ánima, spiravit in eum spiraculum vitae (cf. Gn 2,7): sopló Dios en aquel cuerpo un soplo de vida; en lo hebreo está in nares eius, que por las narices sopló Dios el ánima de Adán. Dice resuello», Sermón 30, OC III, 351-352; «Crió Dios el primer hombre y soplóle en el ros­tro, diole resuello y espíritu de vida, y vivió», Sermón 29, OC III, 355; «La Ley tiene espíritu de vida en Jesucristo. Así como lo plantó Dios en Adán: quedó vivo, quedó con espí­ritu; así plantó en ti Jesucristo su Espíritu vivifica­dor; darte ha vida. Así conviene que se ponga el gran Eliseo sobre el niño pequeño y defunto, que se encorva y abaja sobre él, que le quiere dar su resue­llo, su soplo», Sermón 29, OC III, 356.

[66] «Tiene Cristo espíritu vivifi­cador, espíritu que da vida, que resucita a los que deseamos vida. Vamos a Cristo, busquemos a Cristo, que Él tiene resuello de vida», Sermón 29, OC III, 355; «Sopló Dios nues­tro Señor en el primer hombre spiraculum vitae, re­suello de vida, y luego la tuvo, y aquello fue figura de la vida espiritual», Sermón 32, OC III, 388.

[67] «El que no tiene el resuello de Cristo, por muy rico que esté, por muy poderoso, por mu­cha abundancia que tenga de todas las otras cosas, pobre está, flaco está, miserable está, no tiene a Cristo», Sermón 29, OC III, 356.

[68] «¡Oh soplo bienaventu­rado, que lleva las naos al cielo! Muy peligroso es este mar que navegamos; pero con este aire y con tal Piloto seguros iremos», Sermón 30, OC III, 370.

[69] «Viene un airecico santo, un soplo santo, un refresco que te da vida, te esfuerza, te anima, y te hace volver en ti, y te da nuevos deseos, amor vivo, muy grandes y santos contentos, y te hace hablar palabras y hacer obras que tú mismo te espantas. Eso es Espíritu Santo», ibid.

[70] «A voces se lo manda decir; porque estará aquí algún mozo o moza que pensará ser gran cosa, ser gentil hombre o gentil mujer, ser honrados y aca­tados, o tener fresca edad; diles que se engañan, que todo es como florecica de heno, que en viniendo un airecito la derriba. Viene el airecico delicado del Se­ñor, y da con todo en el suelo», Sermón 28, OC III, 341.

[71] Sermón 32, OC III, 398.

[72] «Así que, del sonido grande que vino cuando el Espíritu Santo vino, habiéndose juntado en Jerusa­lén, y de que hablando en una lengua, entendiese cada uno en la suya», Sermón 32, OC III, 404.

[73] Para profundizar en el símbolo del «agua» remitimos a Cantalamessa, 119-137.

[74] Cf. Juan Pablo II, Audiencia General, 24 octubre 1990; CEC 694.

[75] «En el templo estaba y en Pascua; y el postrer día, que era más solemne que todos, decía no como quiera, sino a grandes voces: “Si alguno ha sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, ríos de agua viva correrán de su estómago”», Sermón 28, OC III, 347; «Y darte ha a beber su Espíritu; quedarás tan harto y contento, que saldrán de tu estómago fuentes de agua viva. No solamente ternás agua y contento para ti, mas también para los otros. Deseoso está Él de damos su Espíritu», Sermón 28, OC III, 348; «Dice Jesucristo en su santo Evangelio: Quien hobiere sed, venga (Jn 7,37). ¿Qué queréis decir, Señor? ¿Qué aguas tenéis para matar la sed a los que a vos vinieren? No hay aguas ni fuentes tan frescas que así maten la sed y refrigeren a los que están sedientos, como el Santo Espíritu de Cristo […]. Y por eso dice Cristo nuestro Señor: Quien hobiere sed, venga a mí. Viniendo a Él, y bebiendo del agua de su Santo Espíritu, y recibiendo este Consolador y este soplo del Espíritu Santo», Sermón 30, OC III, 371.

[76] «Qui rena­tus non fuerit ex aqua et Spinitu Sancto non intrabit in regnum Dei. Aquél es verdadero hijo de Dios que hubiere nacido de agua y de Espíritu Santo; el que no naciere de agua y de Espíritu Santo, no entrara en el cielo (Jn 3,5)», Sermón 28, OC III, 340.

[77] «El mismo Jesucristo lo dijo por San Juan, hablando con la Samaritana: Quien bebiere del agua que yo tengo. ¿Qué condición tiene esa agua, Señor? Ha­rásele —dice nuestro Redemptor— una fuente de agua viva que salte hasta la vida eterna (cf. Jn 4,13-14)», Sermón 27, OC III, 330-331.

[78] «Pues, padre ¿querrá venir? Oíd: Omnes sitientes venite ad aquas: emite absque argento, et absque ulla commutatione, vinum et lac: Todos los sedientos venid a las aguas, y los que no tenéis plata acercaos presto y comed; venid y comprad, sin dineros y sin ningún trueco, vino y leche (cf. Is 55,1). Pri­mero dice agua, y luego vino y leche. Agua, porque mata y refrigera la sed y ardor del cuerpo, y refresca los miembros cansados, y alimpia todo lo sucio», Sermón 30, OC III, 373.

[79] Cf. ibid.

[80] Ibid.

[81] «Pues, padre ¿querrá venir? Oíd: Omnes sitientes venite ad aquas: emite absque argento, et absque ulla commutatione, vinum et lac: Todos los sedientos venid a las aguas, y los que no tenéis plata acercaos presto y comed; venid y comprad, sin dineros y sin ningún trueco, vino y leche (cf. Is 55,1). Pri­mero dice agua, y luego vino y leche […] Es también leche, porque así trata el Espíritu Santo al ánima del que lo tiene, como [a] niño que está a los pechos de su madre, y rígelo, gobiémalo y regálalo como a niño; así es el ayo nuestro, defendedor nues­tro, pedagogo de nuestra niñez», Sermón 30, OC III, 373.

[82] «Hoy baja la luz a los hom­bres, hoy baja la misma persona de Dios, el Espíritu Santo, y se entra en los corazones de los hombres», Sermón 31, OC III, 383. Para profundizar en el símbolo de la «luz» remitimos a, cf. Cantalamessa, 291-294.

[83] «Quia lux venit in mundum et di­lexerunt homines magis tenebras quam lucem (Jn 3,19). ¿Por qué lo hacen ansí? Vino la luz al mundo. ¡S[e]a Dios bendito por ello! ¿Quién es la lumbre? Jesu­cristo», Sermón 28, OC III, 345.

[84] «Señor mío y Dios mío, si vos no nos sois amigo, si vos no me ayudáis, si no me favorece vuestra po­derosa mano, ¿cómo podré yo hacerlo?», Sermón 30, OC III, 372. Para profundizar en el símbolo de la «mano» remitimos a, cf. Cantalamessa, 223-236.

[85] «¡Oh hermanos, qué seríamos si la mano de Dios nos dejase tantico! Peores seríamos que los demonios», Sermón 29, OC III, 353; «Has de tener un amor infundido, que te mueva. Infúndese fe y caridad, y no basta eso. Aunque estás sano, etc., sin la mano de Dios no es verdadera salud», Sermón 31, OC III, 384¸«No que no puedas tú amar a Dios y creer con esos dones, mas para que uses bien de ellos es menester que ande la mano de Dios siempre sobre ti», Sermón 31, OC III, 385.

[86] «Dice que todas las virtudes y gracias que te dan no basta para que te salven y obres, sin que ande la mano del Señor sobre ti», Sermón 31, OC III, 385.

[87] «Viene la mano del Espíritu so­bre el ánima, no sobre el don, que no es menester, sino sobre el libre albedrío para que no te apartes de la gracia», ibid.

[88] «No por nuestras fuerzas, no por nuestros merecimientos, sino por el ayuda y amparo de Jesucristo. Porque, amándonos Él como nos ama, no consentirá que sea­mos vencidos; […] y acordándonos de los males que nos ha quitado (aun queriendo nosotros caer en los abismos del infierno, nos ha librado con su mano y brazo poderoso), no seremos derribados por los pecados», Sermón 32, OC III, 401-402.

[89] «No es menester carta para escribir la Ley: “Vosotros —dice el apóstol San Pa­blo— sois mi Epístola, vuestros corazones son carta; y no penséis que tiene de ser escrita con tinta, sino con el dedo, que es el Espíritu Santo, que es el que escribió la Ley en vuestros corazones, predicán­dola yo; el Espíritu Santo la escrebía —dice San Pa­blo—; yo soy el ministro de lo que El escribe”. Esta es la Ley que da caridad y humanidad», Sermón 32, OC III, 395. Para profundizar en el símbolo del «dedo» remitimos a Cantalamessa, 223-236.

[90] Para profundizar en la figura de la «paloma» remitimos a Cantalamessa, 349-352.

[91] «No descanses hasta topar con este Santo Espíritu […] Mira lo que hizo la paloma que echaron del arca de Noé; echáronla fuera, fue volando, y (cuando salió, ya había cesado el diluvio) había en la tierra muchos cuerpos muertos y no se quiso sen­tar sobre ninguno de ellos ni descansó entre ellos, sino subióse a una olíva, cogió un ramito con el pico y volvióse con él al arca», Sermón 27, OC III, 329; «La paloma que salió del arca de Noé tomó un ramito verde de oliva y no quiso poner sus pies so­bre cuerpo muerto; limpia se volvió al arca. El cuervo, a comer carne muerta; la paloma, a aborre­cerla. La paloma figura es del Espíritu, y el Espíritu Santo no toca a carne muerta», Sermón 28, OC III, 348.

[92] «Habla Dios con su Iglesia y dice: Una eres, amiga mía; una eres, pa­loma mía», Sermón 27, OC III, 324.

[93] «Corazón de Cristo. El que no tuviese corazón de Cristo, este tal no es de Cristo. Esposa, dice Jesucristo, pone me ut signaculum super cor tuum, ut signaculum su­per brachium tuum: quia fortis est dilectio sicut mors (cf. Cant 8,6). ¡Iglesia, cristianos, herrados habéis de estar con mi hierro; sellados habéis de estar con mi sello! Yo mismo tengo de ser el sello; ablandad vuestros corazones como cera, y señaláme en él, y ponéme Como señal sobre vuestro brazo», Sermón 28, OC III, 345.

[94] Cf. ibid.

[95] «¡Iglesia, cristianos, herrados habéis de estar con mi hierro; sellados habéis de estar con mi sello! Yo mismo tengo de ser el sello; ablandad vuestros Corazones como cera, y señaláme en él, y ponéme Como señal sobre vuestro brazo» Sermón 28, OC III, 345; «El que está baptizado y no tiene el Espíritu Santo, no es legítimo; bastardo es, pues no tiene la señal que hace a los hijos legítimos y herederos de los bienes de su Padre, que es el Espíritu Santo […] cuando te dieron el Espí­ritu Santo, te hicieron oveja de Cristo y te señalaron por oveja suya y de su rebaño», Sermón 30, OC III, 374.

[96] «Padre, decidnos, ¿qué cosa es el Espíritu Santo? No hay lengua que pueda decirlo, ni oído que pueda oírlo, ni corazón que lo pueda sentir, qué cosa es aquel beso», Sermón 32, OC III, 398; «No hay quien os pueda decir este abrazo, este beso; no hay quien lo pueda explicar. ¡Es tan bueno el Espíritu Santo con aquel que lo tiene!», Sermón 32, OC III, 399.

[97] «Fue tanto lo que alcanzó Jesucristo en sus trabajos, fue tanta la gracia que acerca de su Padre halló […] ¡Qué grande hazaña fue alcanzar perdón para todos! ¡Qué abrazo tan suave y amoroso! ¡Qué beso de paz tan dulce!», Sermón 32, OC III, 393; «Entra, pues, el Espíritu Santo en los apóstoles, abrázalos, consuélalos, esfuérzalos. dales un beso de paz», Sermón 32, OC III, 398.

[98] «Dice nuestro Redemptor Jesucristo […] Quiero que me den hiel a mí, porque les den a ellos miel; denme a mí tormentos, porque den a ellos descanso; den a mí la muerte, porque a ellos les den la vida […] Y por la hiel que Él bebió estando puesto en la cruz, te darán a ti la miel del Espíritu Santo», Sermón 27, OC III, 332.

[99] «No es más verdad lo que predicó Dios encarnado que lo que escribió Pablo. ¿No va diferencia de Dios a Pablo? Si Pablo hablara como Pablo, bien fuera. Mas Pablo pone la lengua y garganta, él pone la voz; mas la palabra, de Cristo es», Sermón 28, OC III, 342. Para profundizar en el significado del símbolo «palabra» remitimos a Cantalamessa, 253-266.

[100] «No es más verdad lo que predicó Dios encarnado que lo que escribió Pablo.¿No va diferencia de Dios a Pablo? Si Pablo hablara como Pablo, bien fuera. Mas Pablo pone la lengua y garganta, él pone la voz; mas la palabra, de Cristo es», Sermón 28, OC III, 342; «Ábreles Dios los corazones, sus entrañas, y conocen su mal; y suena aquella voz que suena más que órgano, y huele más que algalia, que es conocer su pecado y llorarlo; y llaman muy de corazón el nombre de nuestro Señor Jesucristo; y en haciendo esto viene sobre ellos el Espíritu Santo», Sermón 30, OC III, 376.

[101] «Cuán presto lo menosprecia todo, cuán poco se da por todo a la voz del Espíritu Santo, que le dice: «¿Qué haces ahí?» En el silbido venía el Espíritu Santo», Sermón 32, OC III, 399.

[102] «Si ha venido este día por vos, si habéis rece­bido este sentimiento en vuestro corazón, si lo ha­béis recebido, sabedlo agradecer al Señor y sabedle dar gracias por ello. Quien en sí recibe este Hués­ped, quien recibe este Consolador», Sermón 30, OC III, 368.

[103] «Cuando vos sentís un encendi­miento dentro de vos, que os arde el corazón en amor de Dios, el Espíritu Santo es», Sermón 32, OC III, 398.

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