Messor Eram

“Porque tener todas las cosas que no eres tú, más es trabajo y carga que verdadera riqueza”

By 19 noviembre, 2020 noviembre 30th, 2020 No Comments

COMENTARIO A LA CARTA 58 DE SAN JUAN DE ÁVILA (II Parte)

Por Carlos Gallardo

En este momento llegamos al núcleo esencial de la carta. Se trata de una oración, un diálogo vivo y amoroso de san Juan de Ávila con Jesús crucificado. Está redactada con la frescura de un corazón enamorado que en el momento de tribulación ha redescubierto el amor de su Señor. El santo maestro nos abre su alma mostrándonos su relación vital con Cristo:

« ¡Oh Jesús Nazareno, que quiere decir florido, y cuan suave es el olor de ti, que despierta en nosotros deseos eternos y nos hace olvidar los  trabajos, mirando por quién se padecen y con qué galardón se han de pagar! ¿Y quién es aquel que te ama, y no te ama crucificado?»[1].

Nos encontramos con un texto que expresa la experiencia mística acerca de la pasión de Cristo que tiene san Juan de Ávila. La pasión es uno de los temas más recurrentes para san Juan de Ávila[2]. En el Crucificado el santo maestro veía la fuerza de un amor que es capaz de transformar al hombre, el fuego de un amor que inflama el mundo y realiza la conquista de todos los corazones con obras de amor y paz[3].

En el Tratado del amor de Dios, percibimos como la clave para comprender la pasión no es otra que el amor. Se trata de un misterio de amor pues Jesús “más amó que padeció”[4] y por eso san Juan de Ávila expresa de forma profundamente teológica, pero a la vez muy pastoral la intuición de que es tanto lo que supera la pasión de Cristo al pecado del hombre que es imposible que esté en función de él. Y es que precisamente el abajamiento del Verbo no fue una decisión histórica en función del pecado, sino que se sitúa también en la eternidad de la Trinidad, en el amor del Padre y del Hijo[5]. Por esto la pasión para el santo maestro Ávila tiene tanta carga redentora y santificadora. Se trata de la máxima expresión de amor, pero no movida por el pecado, sino que ya se encontraba en el corazón de la Trinidad, en el mismo Corazón del Padre.

Entrando en el misterio de la cruz, de la pasión, entramos en las entrañas mismas del Padre, pues todo el proyecto de salvación de Dios está marcado por la cruz. El mismo san Juan de Ávila llega a afirmar que la pasión es algo pensado desde que Dios es Dios. Por eso para el santo maestro no sólo la Encarnación estaba prevista por Dios antes e independientemente del pecado, sino que también la pasión desde el designio eterno de Dios, es causa de justificación; por tanto el punto de arranque de la justificación está en la Trinidad[6]. Partiendo de esta premisa acerca de la concepción teológica del santo doctor sobre la pasión, podemos adentrarnos en su vivencia espiritual. Y es llamativo que unido al nombre Jesucristo Nazareno use el término “florido”, palabra usada por la mística del siglo XVI. En san Juan de Ávila encontramos este término al menos en cuatro ocasiones más[7]. Pero es muy significativo que sólo en la Carta 58 y en Audi filia este término esté aplicado a Jesucristo, mientras que en el resto de las obras se aplica al alma.

San Juan de la Cruz, cuando usa el término “florido” hace referencia directa al don del matrimonio espiritual[8]. En su obra Cántico espiritual aparece la expresión “lecho florido”. El santo carmelita asegura que justo después de la sabrosa entrega de los esposos se sigue el lecho entre ambos. Lecho que es puro y casto en que el alma está divina, pura, casta…porque el lecho no es otra cosa que el Verbo, el Hijo de Dios[9]. Para el alma su esposo es el Hijo de Dios, el cual está florido para ella pues está recostada y unida a Él. Y le llama florido porque en ese estado están ya las virtudes en el alma en grado heroico. Por tanto las virtudes se dan cuando “el lecho está florido”, es decir, en perfecta unión con Dios[10]. Para san Juan de la cruz el matrimonio se presenta como la entrega total del alma y Dios para consumar su amor en “el lecho florido”.

Florido es Jesucristo para el santo doctor, así lo llama él en esta carta y como decíamos también en Audi filia. Son dos textos que según los expertos pudo redactar en la cárcel de Triana en medio de un proceso inquisitorial[11]. Podemos afirmar por tanto que nacen de una experiencia mística concreta, una experiencia de comunión profunda con Jesucristo crucificado, una experiencia esponsal. Sin duda alguna la cárcel para el santo maestro fue una escuela de santidad, fue el lugar donde se produjo una unión intensa de su alma (esposa) con Jesucristo (esposo), buen pastor. Su experiencia interior dentro de la cárcel expresada en esta carta nos parece de algún modo semejante a esa experiencia de unión de la que habla san Juan de la cruz. Una experiencia comunional del alma con Cristo, una unión esponsal.  En definitiva, es Dios en Cristo, el que busca al hombre como su esposa. Él es el esposo del alma que sale a nuestro encuentro[12].

Por eso percibimos claramente como el santo maestro Ávila no habla con un Cristo muerto, habla con Cristo crucificado pero a la vez resucitado. Es un único Jesús, que vive y reina desde la cruz. Por eso llegara a decir san Juan de Ávila en esta carta  frases como:

«En la cruz me buscaste, me hallaste me curaste, y libraste y amaste, dando tu vida y sangre por mí en manos de crueles sayones; pues en la cruz te quiero buscar y en ella te hallo y hallándote me curas y me libras de mí, que soy quien contradice a tu amor, en quien está mi salud»[13].

La cruz es, para san Juan de Ávila, no un obstáculo sino un instrumento para el amor, un camino de libertad. Pero ¿de qué libertad puede hablar un hombre que se encuentra preso, y con amenaza de muerte? San Juan de Ávila entiende que la verdadera prisión es él mismo y la única muerte el pecado. La cruz es la llave  de la libertad porque en ella está el único libertador, que “me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gal 2,20) De nuevo aparece la referencia paulina tan presente en el santo maestro.

El camino de la libertad interior, de la verdadera contemplación y de la perfección está marcado por la cruz. Precisamente porque para nuestro santo compartir la misma vida de Cristo equivale a correr su misma suerte en cruz. En el tiempo que el santo estuvo en prisión creció más en el conocimiento del amor de Jesucristo que el que obtuvo en las aulas de teología y aún en la más alta contemplación[14]. Porque la cruz es el lugar donde el hombre descubre la inmensidad del amor de Dios, donde además se descubre a sí mismo. El crucificado es la mayor y mejor escuela de santidad. San Juan de Ávila encuentra en Él la verdadera sabiduría y el verdadero amor. Contemplar, adorar al crucificado es entrar en el misterio de la muerte y del dolor, pero al mismo tiempo entrar en el misterio de la vida. Porque en la entrega de Jesucristo está todo, de su amor se recibe todo. De hecho el santo maestro nos hace percibir como la conversión del corazón no proviene de grandes reflexiones o de la sabiduría que brota de los libros, sino que nace de la cruz, del costado abierto del Salvador. Si le buscamos en la cruz, allí le encontramos siempre, y encontrándonos con Él en ella somos curados, somos sanados, somos liberados del pecado y de la muerte. Es más, somos librados de nosotros mismos pues somos nosotros, es nuestro “yo” quien contradice su amor.

El Corazón traspasado de Cristo ha revolucionado la manera de amar, ya que se trata de un corazón que no busca “autoconservación”, sino que se dona a sí mismo, Él salva al mundo, salva a cada hombre en cuanto se abre[15]. El Corazón de Cristo abierto abre una nueva esperanza al hombre que sufre, al que se encuentra preso de su propio egoísmo.

Pero el amor de Cristo crucificado al mismo tiempo es un amor que “hiere” para poder sanar y curar. El Señor “hiere y pone la venda, golpea y cura con su mano” (Job, 5, 18). Esta experiencia la expresa el maestro Ávila de forma magistral en Tratado del amor de Dios:

« ¿Qué le falta a esa tu cruz para ser una espiritual ballesta, pues así hiere los corazones? La ballesta se hace de madera y una cuerda estirada, y una nuez al medio de ella, donde sube la cuerda para disparar la saeta con furia y hacer mayor la herida. Esta santa cruz es el madero; y el cuerpo tan extendido y brazos tan estirados son la cuerda; y la abertura de ese costado, la nuez donde se pone la saeta de amor para que de allí salga a herir el corazón desarmado. ¡Tirado ha la ballesta y herido me ha el corazón! Agora sepa todo el mundo que tengo yo el corazón herido. ¡Oh corazón mío! ¿Cómo te guarecerás? No hay médico que le cure si no es morir. Cuando yo, mi buen Jesús, veo que de tu costado sale ese hierro de esa lanza, esa lanza es una saeta de amor que me traspasa; y de tal manera hiere mi corazón, que no deja en él parte que no penetre. ¿Qué has hecho, Amor dulcísimo? ¿Qué has querido hacer en mi corazón? Viene aquí por curarme, ¡y hasme herido! Viene a que me enseñases a vivir, ¡y hácesme loco! ¡Oh dulcísima herida, oh sapientísima locura!, nunca me vea yo jamás sin ti»[16].

La imagen de la “herida” es también usada en la mística de todos los tiempos haciendo referencia al misterio del amor. San Juan de la cruz sintetiza esta misma doctrina espiritual de san Juan de Ávila en su obra Cántico espiritual.  El santo abulense también expresa como esa herida de amor que recibe el alma por parte del amor de Cristo le lleva a levantarse, a buscar con deseo a aquel que le ha herido el corazón con puro amor. Desea la posesión del amado pues éste le ha tocado y ya no puede otra cosa sino buscarle con todo deseo. San Juan de la cruz entiende que estas heridas son “visitas” de Dios al alma que le llevan a salir de sí misma: “Estas se llaman heridas espirituales de amor, las cuales son al alma sabrosísimas y deseables; por lo cual querría ella estar siempre muriendo mil muertes de estas lanzadas, porque la hacen salir de sí y entrar en Dios”[17].

Vemos como ambos santos están expresando la misma experiencia mística. Ambos hablan de la herida, una herida de amor que me hace salir de mí mismo y entrar en una “sabrosísima locura” que me haga no querer ni desear ni buscar otra cosa que al mismo Señor y a éste (como lo presenta san Juan de Ávila) crucificado.

En el misterio de Cristo crucificado y resucitado san Juan de Ávila encuentra toda la belleza de la redención. La belleza es la cima donde el bien y lo verdadero toman cuerpo[18], por tanto el Verbo encarnado, Cristo crucificado y resucitado es la plenitud de la belleza; Él es el “todo hermoso” en expresión avilina y por tanto viene a hermosearnos con su belleza y hermosura. Por tanto la obra de la redención consiste para el santo doctor en que el “hermoso Verbo de Dios, dechado de hermosura”, viene a hermosearnos[19].

La contemplación de Jesucristo a la que invita el santo en esta carta es muy frecuente en él. No sólo lo aconseja sino que además lo vive y lo contagia. San Juan de Ávila contempla a Cristo crucificado y al mismo tiempo al resucitado. Sabe que el alma pecadora necesita ser hermoseada por el “todo hermoso”, es decir, ser redimida, ser salvada participando del misterio pascual de Cristo:

« Qué razón es que deseemos ver corazón del cual tales fructos proceden! ¿Qué le parece a vuestra señoría que será la admiración y el amor y el gozo que, cuando a este inmenso mar de bondad veamos, tememos, si parece que no cabe en nosotros cuando una centelia de sus obras nos enseña acá? Si sus manos son tan hermosas, ¿qué tal será su faz, sino la misma hermosura infinita que saque los corazones de sí mesmos y los ponga en sí mesmo, transformándolos en Él, y más contentos con ser de Él que con ser suyos proprios, y nadando de gozo en las mesmas entrañas de Él, hechos un espíritu con Él, tan unidos como está un hierro metido en una fragua con el fuego, poseído de él y tan lleno de él que parece ser fuego? ¡Ya viniese aquel día, cuando tuviésemos presente la hermosura del todo Hermoso, para que, viéndolo delante los ojos, no se nos fuesen a otra parte, pues tan mal empleados fuera de Él son!»[20].

San Juan de Ávila acude a Jesucristo Nazareno, florido, todo hermoso, crucificado y resucitado en esta Carta 58 mostrando que Él y solo Él es su seguridad, su esperanza, su amigo con el que vive y por el que incluso desea morir. Se siente totalmente cautivado por la hermosura de Cristo puesto en cruz que es como él mismo quiere amarle, e invita contemplarle. Nos adentra continuamente en el misterio pascual[21].

La referencia a este misterio es constante en san Juan de Ávila. Podríamos afirmar que su espiritualidad está centrada en vivir en este misterio, vivir de este misterio. El santo se introduce y nos introduce en la vida de Cristo, queriendo que su Pascua sea nuestra Pascua, y todo esto lo entiende como la verdadera honra del cristiano, frente a la honra del mundo, que es gloria vana. Vivir la Pascua de Cristo en nosotros nos hace ser realmente suyos. Este es su deseo, ser del todo de Cristo. Este pensamiento lo expresa a forma de petición, porque comprende que es una Gracia de Dios:

« Dime, ¿por qué quieres que sea pregonero tuyo y alférez que lleva la seña de tu Evangelio, y no me vistes de pies a cabeza de tu librea? ¡Oh cuan mal me parece nombre de siervo tuyo, y andar desnudo de lo que tú tan siempre, y tan dentro de ti, y tan abundantemente anduviste vestido! Dinos, ¡oh amado Jesús!, por tu dulce cruz, ¿hubo algún día que aquesta ropa te desnudases, tomando descanso? ¿O fuete algún día esta túnica blanda, que tanto a raíz de tus carnes anduvo, decir: Triste es mi ánima hasta la muerte? (Mt 26,38). ¡Oh, que no descansaste, porque nunca nos dejaste de amar, y esto te hacía siempre padecer!»[22].

Encontramos expresado implícitamente en este párrafo un sentimiento que todos los grandes místicos experimentan; el sentir que no se corresponde a tanto amor como se recibe de Dios. Siente la llamada a estar más en Él, y siente la limitación de no poder estarlo más. En este contexto, usa un término muy sugerente, usado por otros autores espirituales de varias épocas, el término librea[23].

La palabra “librea” es explicada en el diccionario conocido como tesoro de la lengua castellana española de la siguiente manera:

«Antiguamente solos los reyes daban vestido señalado a sus criados; y hoy día en cierta manera se hace así, para ser distinguidos y diferenciados de todos los demás y porque estos tienen muchos privilegios y libertades, se llamó aquel vestido librea»[24].

Si queremos aplicar un sentido espiritual a este término, tal como lo hizo san Juan de Ávila al escribir esta carta, aparece la idea, la petición de que Jesucristo rey, lo vista con la vestidura propia de los que quieren servirle, de los que son de su bando… En el fondo lo que se busca y se pide es la configuración con Jesucristo, ser de Él plenamente y vestir su misma vestidura, que en la cruz no es otra que la sangre. Así mismo lo afirma el santo en esta carta:

«Y cuando te desnudaron la ropa de fuera, te cortaron en la cruz, como encima de mesa, otra ropa bien larga desde pies a la cabeza, y cuerpo y manos, no habiendo en ti cosa que no estuviese teñida con tu benditísima sangre…»[25].

Esta sangre,  es la “librea” que  Cristo ha querido vestir  por nosotros, y de nuevo esta contemplación provoca en san Juan de Ávila el anhelo de querer vestir como Él vistió. Aquí se unen la espiritualidad martirial, con espiritualidad paulina, para formar lo que hemos denominado anteriormente una espiritualidad del misterio pascual en san Juan de Ávila, siendo el amor el verdadero motor para la identificación con Cristo el Señor. Y por esto, si Cristo vivió y asumió esta “librea”, ¿cómo vivir de otra manera los que se llaman discípulos de Jesucristo? Este pensamiento es el que está de fondo en toda la Carta 58. Considera todo perdida comparado con tener a Jesucristo, al igual que su modelo apostólico San Pablo[26].

Encontramos en el maestro Ávila una sintonía total con san Ignacio de Loyola y por tanto con toda la espiritualidad ignaciana. Los dos santos mantuvieron relación epistolar y es posible que incluso se encontraran físicamente en Alcalá de Henares entre marzo de 1526 y junio de 1527. San Ignacio pudo leer el Audi filia en copia manuscrita en el año 1538 enviado a este por un amigo común entre Ávila e Ignacio: Nicolás de Luna[27].

Pero además de este conocimiento y aprecio mutuo que se tenían, existía en ellos una plena comunión de fe y vida. Entendían en un mismo sentido el seguimiento radical de Jesucristo. Nos sirve como botón de muestra esta palabra usada por ambos con una misma orientación y con un mismo fin, pues el término librea fue usado por el fundador de la Compañía de Jesús precisamente en la redacción de las constituciones en la misma línea en el que lo usaba el santo Ávila:

«Como los mundanos que siguen al mundo aman y buscan con tanta diligencia honores, fama y prestigio de mucho nombre en la tierra, como el mundo les enseña; así los que van en espíritu y siguen de verdad a Cristo nuestro Señor, aman y desean intensamente todo lo contrario, es a saber, vestirse de la misma vestidura y librea de su Señor, por el amor y por la reverencia que se le debe, de tal forma que mientras no se le ofenda en nada a su divina Majestad, ni al prójimo se le impute a pecado, desean pasar injurias, falsos testimonios, afrentas y ser considerados y tomados por locos (no dando ellos ocasión alguna de ello) porque desean parecerse e imitar en alguna manera a nuestro Criador y Señor Jesucristo, vistiéndose de su vestidura y librea, pues lo vistió él por nuestro mayor provecho espiritual, dándonos ejemplo, que en todo lo que nos es posible, mediante su divina gracia, le queramos imitar y seguir, como sea el camino que lleva a los hombres a la vida. Por tanto pregúntesele si tiene esos deseos tan positivos y fructíferos para su perfección»[28].

En definitiva, el núcleo central de la espiritualidad ignaciana y de la espiritualidad avilista es este seguimiento radical de Cristo que implica no sólo un programa de vida sino una unión profunda con la persona de Cristo y con su misión. Se trata de un “hacer propio” todo lo de Cristo, tener su mismo modo de ser, de sentir, de amar, de vivir, de proceder… tener su mismo corazón.  Ambos santos entienden que una espiritualidad que no lleva a la unión plena con Cristo y especialmente en el misterio de la cruz, es una espiritualidad falsa o engañosa. Se trata de estar dispuesto a perderlo todo para ganar “el todo”, se trata de “imitar y seguir como sea el camino que lleva a los hombres a la vida”. Por mi amor, Jesucristo llevó esa librea de ignominia; ¿exige demasiado de mi amor cuando me pide que la acepte, que la lleve tras Él?[29]

San Juan de Ávila lo expresa hasta poéticamente en esta carta. Podemos decir que es una declaración de amor a Jesucristo crucificado y resucitado. Un “abrir el corazón” al mismo Señor deseando correr su misma suerte porque esta no es pesada cuando se vive con Él, porque no es pobre sino verdadera riqueza cuando nace del amor. Nos habla un corazón enamorado plenamente de Cristo que al mismo tiempo nos interpela y nos hace cuestionarnos sobre nuestra propia vida.

 

El santo doctor de nuevo nos coloca frente al bien aparente y al bien real. En una época, como decíamos anteriormente, en el que la honra del mundo, la fama, la estima era lo que más primaba, san Juan de Ávila presenta lo que realmente es un tesoro: tener a Jesucristo. Porque mientras las demás cosas pasan y se acaban, Él  permanece siempre. Y aunque lo tengamos todo, según el mundo, sólo llena el corazón de alegría el bien verdadero: la amistad con Jesucristo. Por eso insiste en la idea de tenerlo a Él, aunque todo lo otro (que según los destinarlos de la carta era la honra del mundo) me falte, porque ese todo, según la mentalidad del Evangelio, es nada, absolutamente nada, comparado con Jesús:

«Más quiero tener a Ti, aunque todo lo otro me falte -que ni es todo, ni es parte, sino miseria y pura nada-, que estar yo de otro color que Tú, aunque todo el mundo sea mío. Porque tener todas las cosas que no eres Tú, más es trabajo y carga que verdadera riqueza; empero, ser tú nuestro y nosotros tuyo, es alegría del corazón y verdadera riqueza, porque Tú eres el bien verdadero»[30].

Estas palabras del santo maestro Ávila encuentran eco en la obra Subida al monte Carmelo de san Juan de la cruz. Volvemos a encontrar una relación directa entre ambos santos doctores. Nos muestran la verdadera sabiduría de la cruz. La sabiduría que dimana de un corazón enamorado de su Señor. Citamos el texto de Subida para ver la profunda relación entre ambos:

«Y todos los deleites y sabores de la voluntad en todas las cosas del mundo, comparados con todos los deleites que es Dios, son suma pena, tormento y amargura. Y así, el que pone su corazón en ellos es tenido delante de Dios por digno de suma pena, tormento y amargura. Y así, no podrá venir a los deleites del abrazo de la unión de Dios, siendo el digno de pena y amargura. Todas las riquezas y gloria de todo lo criado, comparado con la riqueza que es Dios, es suma pobreza y miseria. Y así, el alma que lo ama y posee es sumamente pobre y miserable delante de Dios, y por eso no podrá llegar a la riqueza y gloria, que es el estado de la transformación en Dios (por cuanto lo miserable y pobre sumamente dista de lo que es sumamente rico y glorioso)»[31].

Tanto san Juan de Ávila como san Juan de la cruz detallan desde su estilo propio, como el amor de Dios atrae al alma y le pone deseos de Él. Y desde esta experiencia de amor de Dios, especialmente manifestado en el crucificado, es como se puede ir subiendo en este camino hacia el Todo que es Dios. Y para ello es necesario despojarse de todo lo que no es Él pues lo demás es pura nada comparado con la riqueza insondable de su amor[32]. Encontramos algunas coincidencias entre ambos santos que nos ayudan a comprender su relación espiritual y al mismo tiempo podemos hablar de una influencia del santo maestro Ávila en la obra del santo reformador carmelita.

En primer lugar ambos santos parten de una experiencia fundante de Dios ocurrida en la cárcel. San Juan de la cruz estuvo preso en Toledo cuando contaba con 35 años de edad, en plena reforma del Carmelo. Con seguridad las experiencias que narran sus obras pudieron ser vividas por él en este momento doloroso para la razón del mundo, pero muy fructífero para los ojos de la fe.

San Juan de Ávila también experimentó la humillación de la cárcel en el año 1531 (de donde brota esta Carta 58 como anteriormente hemos afirmado). El mismo santo dirá a su amigo y confidente fray Luis de Granada que en este tiempo había tenido una gran experiencia de Dios manifestado en la cruz de Cristo, en la que aprendió más que en todos los libros de su vida[33].

Es también significativo que ninguno de los dos suele contar su experiencia propia en ninguna de sus obras. Tal vez las cartas de uno y otro pueden ayudarnos a descubrir algún aspecto de sus semblanzas espirituales, pero ellos no explicitan sus experiencias interiores en sus obras. Es otra característica común de estos dos gigantes de la vida interior.

No podemos encontrar en las obras de san Juan de Ávila un texto concreto que comparar con la obra de san Juan de la cruz Subida al monte Carmelo, pero el contenido de Subida sí que aparece desarrollado ampliamente en la doctrina avilina. Como muestra encontramos este texto citado anteriormente que nos revela una gran profundidad y viveza espiritual.  En ambos textos se nos introduce en el misterio del seguimiento de Cristo, un seguimiento que como apuntábamos anteriormente toca a la vida entera. Y es tan fuerte el amor que se experimenta, es tan grande la hermosura de Cristo de la que el alma se siente atraída, que la renuncia y el padecer se convierte en “cama florida y llena de rosas”[34].

 

[1] Carta 58, O.C. IV, 269.

[2] En San Juan de Ávila se produce una centralidad del misterio de la Pasión de Cristo. Su meditación se basaba fundamentalmente en este misterio y así además lo aconsejaba. Cf Jesús Pulido Arriero, “Centralidad de la Pasión de Cristo en San Juan de Ávila. La meditación devotísima de la Pasión para cada día de la semana”, en San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia. Actas del Congreso Internacional, ed. Juan Aranda Doncel, Antonio Llamas Vela (Córdoba: Diputación de Córdoba, 2013), 569.

[3] Fernández Cordero, San Juan de Ávila. Tiempo, vida y espiritualidad, 642.

[4] Tratado del amor de Dios, n 7, OC I, 962.

[5] Jesús Pulido Arriero, “Magister, remittuntur tibi peccata tua. Contemplación del amor de Dios en San Juan de Ávila”. Studia Cordubensia 11 (2018): 86.

[6] Pulido  Arriero, “Magister, remittuntturtibi pecata tui”, 89-90.

[7] Podemos encontrarlo en Carta 69, O.C. IV, 291; Sermón 29, O.C. III, 358 ; Sermón 39, O.C. III, 530; Audi filia I, O.C. I,  428; Audi filia II, O.C. I, 595.

[8] La reflexión teológica acerca del matrimonio espiritual parte de la Escritura pasando por los Padres de la Iglesia hasta el siglo XVI  donde la mística carmelitana fundamentalmente, pero no exclusivamente,  explica en imágenes este preciado don: “es una transformación total en el Amado, en que se entregan ambas las partes por total posesión de la una a la otra, con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación, cuanto se puede en esta vida”: Cf. Possanzini, Stefano. “Matrimonio espiritual”. En Diccionario de la mística, dirigido por Luigi Borriello, Edmondo Caruana, Maria Rosaria del Genio et alt., 1144-1148. Madrid: San Pablo, 2002.

[9] Eulogio Pacho, Cántico espiritual de san Juan de la cruz (Burgos: Monte Carmelo, 2018), 130.

[10] Ibid.

[11] Se considera que esta Carta 58 fue escrita en la cárcel en 1532 como afirmábamos anteriormente: Cf. Fernández Cordero, San Juan de Ávila. Tiempo, vida y espiritualidad, 141; También el Audi filia fue esbozado durante los años del proceso de la Inquisición: Cf. Juan Esquerda Bifet, Introducción a la doctrina de san Juan de Ávila (Madrid: B.A.C. 2000), 80.

[12] Fco Javier Díaz Lorite, “Subida al monte del amor de Dios en san Juan de Ávila y su relación con la subida al monte Carmelo de san Juan de la cruz”, en Subida del monte Carmelo de san Juan de la cruz, actas del I congreso mundial sanjuanista, dir: Fco Javier Sancho Fermín- Rómulo Cuartas Londoño (Burgos, Monte Carmelo, 2018), 476.

[13] Carta 58, O.C. IV, 269.

[14] Fco Javier Díaz Lorite, Experiencia del amor de Dios y plenitud del hombre en san Juan de Ávila (Madrid: Campillo Nevado, 2007), 99.

[15] Joseph Ratzinger, Miremos al Traspasado, (República Argentina: Fundación San Juan, 2007), 88.

[16] Tratado del amor de Dios n 11, O.C. I, 970.

[17] San Juan de la cruz, Cántico espiritual, 1-19.

[18] Card. Tomás Spildlik- Marko I. Rupnik, Teología de la evangelización desde la belleza (Madrid: B.A.C. 2013), 520.

[19] Fernández Cordero, San Juan de Ávila. Tiempo, vida y espiritualidad, 690.

[20] Carta 133, O.C. IV, 474.

[21] El santo doctor,  expresa como su deseo es unirse a Jesucristo crucificado, en el único en el que encuentra salvación y vida. Está manifestando una experiencia mística del misterio pascual: “Cristo padeció por nuestro amor, padezcamos por el suyo; Cristo llevó la cruz, ayudémosela a llevar; Cristo deshonrado, no quiera ella honra; Cristo padeció dolores, vénganme a mí; Él tuvo necesidades; Él fue por mí aquí extranjero, no tenga yo en que repose mi corazón; por mí murió, sea mi vida por su amor una muerte continua. Viva yo, mas ya noyó; mas Cristo viva en mí (cf. Gal 2,20), y Cristo crucificado, atormentado, desmamparado, y de sólo Dios recebido. Este Cristo quiero, aquí lo busco, y fuera de aquí no lo quiero”: Carta 23, O.C. IV, 148.

[22] Carta 58, O.C. IV, 269.

[23] San Juan de Ávila usa este término en el conjunto de sus obras al menos 9 veces.

[24] S. de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana española, (Barcelona, 1943).

[25] Carta 58, O.C. IV, 269.

[26] Flp 3, 8.

[27] Para profundizar más: Cf. Enrique García Hernán, “Ignacio de Loyola y Juan de Ávila en 1538” en Entre todos, Juan de Ávila (Madrid: B.A.C. 2011); Manuel Ruiz Jurado, “San Juan de Ávila y la compañía de Jesús” en Archivum Historicum Societatis Iesus 40 (1971), 153-172.

[28] San Ignacio de Loyola, Constituciones n 101.

[29] Arturo Vermeersch s.j., Miles Christe Iesu (Buenos aires, 1946), 186.

[30] Carta 58, O.C. IV, 270.

[31] San Juan de la cruz, Subida al monte Carmelo, libro I, cp 4, n 7.

[32] Díaz Lorite, “Subida al monte del amor de Dios en san Juan de Ávila y su relación con la subida al monte Carmelo de san Juan de la cruz”, 500.

[33] Cf. González Chaves, Juan de Ávila, messor eran, 119.

[34] Carta 58, O.C. IV, 269.