"No hay cosa más hermosa": La predicación mariana del Santo Maestro Maestro Ávila.

Juan José Romero Coleto. Profesor del Estudio Teológico

Introducción

Innumerables son los aspectos en los que podríamos detenernos de la poliédrica figura de este hombre santo del renacimiento. Ejemplar sacerdote, maestro de vida para sacerdotes, religiosos y laicos, misionero infatigable, humanista cristiano, delicado pedagogo y hasta diseñador de inventos de gran utilidad para la sociedad de su tiempo… A este perfil típicamente renacentista, hay que sumarle su fecunda producción literaria y su abundante predicación, parte de la cual ha llegado hasta nosotros gracias a sus discípulos más fieles, que recogían por escrito los sermones que después, aunque no siempre, el mismo santo revisaba. Precisamente en esta abundante predicación vamos a centrar fundamentalmente nuestro estudio. Formado por un elenco de 85 sermones, la predicación de San Juan de Ávila abarca desde los diversos tiempos litúrgicos, el Espíritu Santo, la Eucaristía, los santos, los difuntos y, por supuesto, el misterio de la Santísima Virgen María.

Fueron precisamente sus cualidades oratorias, pero sobre todo la eficacia de su palabra en las almas que lo escuchaban, lo que transformaría radicalmente la vida de muchos, como fueron los casos de San Juan de Dios y San Francisco de Borja. Sus sermones, profundamente arraigados en la Palabra de Dios, la que nuestro autor conocía prácticamente de memoria, su aprecio por el legado de la Patrística, la consideración de la mejor tradición teológica, su fidelidad al Magisterio de los sagrados pastores, conformarán su oratoria de un consistente fundamento teológico. Además, hemos de tener también en consideración su dimensión parenética, teniendo siempre muy presente su objetivo de que los destinatarios de sus predicaciones viviesen cada vez más coherentemente su vida cristiana. Para ello descenderá a una moral practica, hasta descender a casos muy concretos, en función de las características y circunstancias de su auditorio. Y lo más importante de todo, y en donde encontramos realmente la fuerza de su predicación, está en su oración. En ella no sólo preparaba muy concienzudamente sus homilías, sino que en ella encomendaba también sus frutos. Bien sabía nuestro santo que no era él quien iba a tocar con su palabra el corazón del pueblo santo de Dios, sino el mismo Señor el que con su gracia podía obrar la conversión más grande en el alma más alejada de Dios.

San Juan de Ávila es, sin algún género de duda, uno de los grandes predicadores no sólo de su tiempo, sino también del nuestro. Su doctrina, ungida por el Espíritu, no sólo llegó al corazón de muchos de sus contemporáneos que, después de escucharle, cambiaron el rumbo de sus vidas, sino que también, desde el siglo XVI hasta nuestros días, no han sido pocos los que, tras encontrarse con sus sermones, han sentido enardecer su alma en el fuego del amor de Dios transformándoles interiormente. Las palabras de San Juan de Ávila van del Corazón de Dios al corazón de los creyentes pasando por del corazón del Santo.

Predicador evangélico.

Queremos detener nuestra atención en la figura de San Juan de Ávila como predicador del Evangelio[1], tarea por la que se distinguió de forma eminente y por la que se hizo popularmente conocido no sólo en los lugares por lo que pasó ejerciendo el ministerio, pues su fama de gran predicador se fue extendiendo por el toda la geografía católica española. En un tiempo en el que la retórica de la predicación de los clérigos era considerada un arte muy estimado por el auditorio al que se dirigía la predicación, el santo predicador se presenta como un maestro de la oratoria sagrada. De entre sus sermones conservados hasta nuestros días, encontramos una valiosa colección de los predicados en los distintos tiempos litúrgicos o con motivo de algunas fiestas de los santos, junto con una serie de sermones agrupados según los temas más recurrentes en el sermonario avilista. Comúnmente pronunciados en grandes solemnidades litúrgicas estos últimos versarán sobre el Espíritu Santo, el Santísimo Sacramento y Nuestra Señora, núcleo de nuestro estudio. Siempre partiendo de la Sagrada Escritura, sosteniendo su vida y su palabra por la Palabra de Dios, y volviendo siempre al Evangelio como meta de su predicación.

La predicación de San Juan de Ávila no es sólo el fruto de su constante meditación orante de la Palabra de Dios, sino también la expresión sencilla y divulgativa -para que su pueblo lo entienda- del fruto de su estudio personal y de su reflexión teológica.

Aunque para conocer en profundidad la obra del autor que nos ocupa se hace necesario adentrarse en la totalidad de lo que de la misma ha llegado hasta nuestros días, sin embargo nos detendremos especialmente  en el material que en la última edición de sus obras completas ha sido agrupado bajo el título de Sermones (volumen III)[2]. De entre éstos, nosotros nos detendremos, como núcleo de nuestro estudio, en los predicados con ocasión de alguna celebración de la Santísima Virgen María. En éstos será donde encontremos perfectamente expuesta lo que podríamos llamar mariologia avilista. Se trata de un perfecto compendio de teología y espiritualidad marianas, que consideraremos en el conjunto no sólo de su sermonario, sino de toda su obra para contextualizar y comprender mejor su visión de María.

Con María en el corazón…

En la predicación vivida y eficaz del Santo Doctor se transparenta el pensamiento teológico, pero sobre todo la experiencia de fe, de un hombre que a través de sus sermones supo llegar hasta el corazón de sus oyentes y disponerlos para que la gracia de Dios los transformase. En todos ellos se percibe, apenas comienzan, no sólo un alma profundamente enamorada de la Santísima Virgen María, sino totalmente convencida del papel tan importante que desempeña la Madre de Dios no sólo en la obra de la redención humana, sino en la obra de la salvación de todos y cada uno de los creyentes. He aquí el punto neurálgico en el que pretendemos centrar nuestro estudio: la cooperación de la Santísima Virgen María en la obra redentora de su Hijo Jesucristo.

Tal y como han llegado hasta nosotros, podemos descubrir en la inmensa mayoría de sus predicaciones -no sólo en las de temática mariana- como en la introducción o el exordio de las mismas, el Santo Doctor se refiere a la Santísima Virgen María en una doble dirección. Por una parte nos la presenta como aquella que por su relación con Dios mismo más y mejor nos puede ayudar a entender desde la lógica de la fe, para vivirlo después, el misterio divino que pretende presentar y exponer ante su auditorio. María aparece así como el mejor modelo a quien hemos de asemejarnos en nuestra relación con Dios, con los demás, y con nosotros mismos. Ella es la más perfecta creyente y discípula. Por otra parte, acostumbra a concluir esta primera parte de su sermón invitando a todos los fieles que lo escuchan a que se unan con él en el rezo de la salutación angélica, como él solía referirse a la oración del Ave María (cfr. Sermón 58).

María no es sólo el ideal al que hemos de mirar constantemente para aprender de ella la relación con el misterio de Dios, sino aquella maternal y potente intercesora que no deja de rogar incesantemente por la salvación de todos sus hijos que aún peregrinan en este mundo. Esta forma de comenzar su predicación será tan habitual como el recuerdo de la vida celestial a la que estamos llamados a participar, al final de la misma. La llamada a la gloria, meta de la vida del cristiano, será también la conclusión de sus sermones. Poniéndonos ante el ejemplo y bajo la protección de la Virgen María, pretenderá conducirnos de su mano hasta la morada de los bienaventurados en el reino de los cielos. Esta forma de proceder constituye una preciosa pedagogía que se repite incesantemente en la homilética avilista: María es el medio por el que Dios mismo ha venido hasta nosotros para comunicarnos su propia vida, y también es el medio por el que nosotros hemos ir hacia Dios con el deseo de participar un día de la visión beatífica. Ella no solo nos estimula con su ejemplo, sino que también nos acompaña, sostiene y empuja con su materna y constante intercesión.

La mariología del Maestro Ávila

Pasando propiamente a la cuestión mariológico-mariana de nuestro autor, señalamos las diferentes cuestiones que definen el elemento mariano de la predicación de Juan de Ávila. La referencia constante al ejemplo y a la intercesión de la Virgen María al inicio de prácticamente todos sus sermones, es profundizada ampliamente en las predicaciones propiamente marianas en las que aparecen los temas que conforman la mariología avilista: predestinación, santidad, maternidad divina, virginidad, maternidad espiritual, asunción y realeza. Finalmente abordaremos los títulos mariológicos más recurrentes y significativos en la obra de nuestro autor.

La mediación eclesial y mariana serán dos parámetros en los que se moverá la disputa entre el catolicismo y el protestantismo, concluyendo con la escisión de la Iglesia protestante. La misión de la Iglesia como instrumento de salvación para la humanidad, y la mediación de la Santísima Virgen María serán dos de los principales características que mejor identifiquen a la verdadera Iglesia de Jesucristo según la concepción tridentina. Si la mediación de la Iglesia se hace necesaria para que la salvación obrada por Cristo alcance a todas las gentes de todos los tiempos, más importante, si cabe, es la mediación de la Santísima Virgen María, que no sólo intercede desde la gloria por todos sus hijos espirituales, sino que fue colaboradora del todo singular de su Hijo en la redención de toda la humanidad. Desde esta doble perspectiva presentará nuestro doctor el misterio de la Madre de Dios en toda su obra, con singular expresividad y elocuencia en su predicación eminentemente mariana.

La Iglesia recoge como un precioso fruto la herencia recibida del reciente doctor de la Iglesia. Además de considerar su valiosa doctrina mariana en aquel contexto tan significativo y turbulento a la vez, la que asentó las bases para la mariología española del siglo XVII, merece la pena analizar su propuesta en el contexto mariológico actual, en el que la Iglesia, con un alma cada vez más ecuménica, quiere presentar a María como Estrella de la Nueva Evangelización, prestando especial atención a la doctrina mariológico-mariana  del Concilio Vaticano II, que nos ha presentado en el capítulo VIII de la constitución dogmática Lumen Gentium[3] la cuestión de la mediación mariana. Se trata de una perspectiva que coloca nuevamente la mediación mariana en el contexto de la mediación eclesial, y que no siempre ha sido  bien entendida, así como debidamente acogida.

Los aportes avilistas sobre la persona y la misión de la Santísima Virgen María, siempre novedosos y de gran hondura espiritual y teológica, no sólo fueron un esplendente faro para los católicos del siglo de oro español, sino que también hoy están llamados a seguir siendo norte seguro para todos los católicos del siglo XXI.

En la predicación mariana de San Juan de Ávila se expresa de una forma muy sencilla y muy viva lo que nuestro autor creía y manifestaba con su testimonio cristiano y sacerdotal. De una manera divulgativa, en su contexto enseñará al pueblo cristiano las verdades fundamentales de la fe que la Iglesia católica enseña, también las referentes al puesto y al papel de la Santísima Virgen María.

Tampoco queremos olvidar que existen algunos estudios que han tratado la doctrina teológica mariana encerrada en la obra de nuestro autor, deteniéndose los investigadores de la materia en las varias dimensiones que la conforman.

Yo, personalmente, encuentro un elemento especialmente significativo en su predicación mariana, que nos ofrece una clave de lectura para una mejor comprensión de todo lo que el Santo Doctor recoge en sus sermones acerca de la figura de la Santísima Virgen María. Me refiero al tema de la singular colaboración de la Madre de Jesucristo en la obra redentora del Único Salvador de la humanidad. Estamos, por tanto, ante una cuestión que tanto ayer como hoy aparece siempre compleja y controvertida.

Fundamentos de la fe mariana.

El punto de partida para estudiar la mariología avilista predicada por nuestro Doctor ha de ser siempre el texto mismo de sus sermones, centrando nuestro interés en los predicados con ocasión de las celebraciones marianas. De éstos señalamos y consideramos sus afirmaciones esenciales.

Apenas nos acercamos a los sermones marianos de San Juan de Ávila (compendiados del número 60 al número 72)[4] podemos vislumbrar esta estrecha y singularísima unión entre el Hijo y la Madre para llevar a cabo el plan redentor del Padre.

Ya en el primer sermón que recogen sus Obras Completas, numerado con el 60, predicado en la fiesta de la Natividad de la Virgen, señala cómo causa por la que esta Niña nace el ayudar al que engendrará en su seno, el Nuevo Adán, en su obra salvadora (Sermón 60, 24; Sermón 68, 21).

En otro momento crucial de la vida de la Virgen María como es la vivencia de la pasión de su Hijo Jesucristo, cuando el el sermón 67 el Santo Doctor habla de la soledad de María, pone de relieve el clásico paralelismo patrístico Cristo – Nuevo Adán y María – Nueva Eva. El principio de recirculación[5] de San Ireneo aparece claramente retomado en esta predicación de nuestro autor (Sermón 67, 15). Aunque con diferencia de matices, en esta misma línea continúa San Juan de Ávila en el Sermón 68, con ocasión de la fiesta de la Virgen de las Nieves (5 de agosto). Aquí, aplicando a María el versículo 30 del capitulo 8 del Libro de los Proverbios, afirma que de Ella que “estaba con él recomponiéndolo todo”. Además aquí, comparando a la Virgen Santísima con los predicadores y sacerdotes, y utilizando una expresión latina del apóstol Pablo referida a los mismos, dirá indirecta e implícitamente que María es coadiutora[6] de Dios.

En el primero de los cuatro sermones que han llegado hasta nosotros sobre la Asunción de María, el sermón numero 69, con una perspectiva de conjunto de toda la existencia terrena de la Virgen, señala nuestro autor cómo ha colaborado Maria en la obra de la redención humana desde el momento sublime de la encarnación hasta el momento supremo de la cruz en el que la Madre del Hijo hizo la obra mayor de todas las que hizo María por amor al Señor y a todo el mundo (Sermón 69, 27).

Una afirmación especialmente controvertida se encuentra recogida en el sermón 71, cuando presenta a María, en comparación con José (Cf. Gén 41) como Salvadora del mundo (Sermón 71, 27).

Otra cuestión es la de la colaboración celeste de María en la aplicación de las gracias que nos ha obtenido Jesucristo con su obra redentora. Estamos aquí refiriéndonos a la intercesión o mediación celeste de María, la que el Santo Doctor invoca en el exordio de sus sermones. La constante mediación de la Virgen María no es para nuestro autor ni mucho menos algo anecdótico o secundario. En esta cuestión de la intercesión de la Virgen María, el Santo Maestro afirmará que la gracia y la gloria nos viene a través de María (Sermón 60, 1; Sermón 67, 45; Sermón 70, 72; Sermón 71, 26; Sermón 72, 5), la que “nació para ser abogada” (Sermón 63, 31; Sermón 66, 17; Sermón 68, 17; Sermón 68, 20; Sermón 69, 39; Sermón 70, 61), “socorro” (Sermón 60, 18; Sermón 71, 29) y “universal limosnera”, siendo este título uno de los más recurrentes para ilustrar la mediación mariana (Sermón 60, 18; Sermón 62, 48; Sermón 65 [1], 28; Sermón 70, 71; Sermón 71, 23). Su oración ante Dios es muy eficaz (Sermón 60, 30…) y une como el “cuello” la Cabeza de la Iglesia con sus miembros (Sermón 63, 25). Ella intercede como madre compasiva por sus hijos ante el Hijo (Sermón 68, 18 y 19; Sermón 69, 40; Sermón 71, 27), le recuerda a Jesucristo que “le dio carne humana” (Sermón 66, 17) y ofrece al Padre  la pasión de su Hijo y su propia compasión (Sermón 68, 19).

La consideración de las afirmaciones mariológicas más esenciales, expuestas magistralmente en el “sermonario” del Maestro Ávila, nos conducirá al estudio tanto de la génesis y el desarrollo, como de la repercusión de las mismas. Una tarea en la que vale la pena empeñarse.

No sólo en los sermones específicamente marianos serán constantes las alusiones a la Madre del Señor, sino que será una tónica muy palpable no sólo en el conjunto de la homilética avilista, sino en el conjunto de toda su obra que ha llegado hasta nosotros.

Con respecto al conjunto de su predicación, hemos de señalar que la presencia de la Virgen Madre en relación con el plan salvífico del Padre llevado a cabo por Jesucristo es especialmente significativa en sus sermones de adviento y navidad, dónde María ocupa un puesto primordial. También aparecerá en los sermones de cuaresma, pascua y en los sermones del Espíritu Santo, así como en los referentes al Santísimo Sacramento. La figura de San José tampoco podrá ser correctamente comprendida sino no es desde la clave de su relación esponsal con la Virgen María.

 

[1] Su primer biógrafo, Fray Luis de Granada, afirmará de él ser «una perfecta imagen del Predicador evangélico» (Vida del Padre Maestro Juan de Ávila y las partes que ha de tener un predicador del Evangelio, en Fr. L. de Granada – L. Muñoz – L. Sala Balust, Vidas del Padre Maestro Juan de Ávila (Juan Flores, Barcelona 1964) 22.

[2] Para el estudio del sermonario mariano avilista hemos utilizado la última edición de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC maior 72), una edición promovida por la Conferencia Episcopal Española que verá la luz en el año 2002, con introducciones, edición y notas de los grandes expertos en la obra de San Juan de Ávila, Luis Sala Balust y Francisco Martín Hernández.

[3] El tema de la mediación mariana como intercesión celeste aparece significativamente expuesto en los números 60 y 62 de la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium.

[4] El texto primigenio del que parte nuestro trabajo es el volumen III de las Obras Completas de San Juan de Ávila, titulado Sermones, publicado en el año 2002 y al que nos referimos en la Bibliografia indicativa

[5] San Ireneo, Adversus haereses, III, 22, 4: PG 7, 959 A. Este argumento será recogido por el Concilio Vaticano II en Lumen Gentium, 56.

[6] Término éste que usará directa y explícitamente uno de los discípulos más aventajados del Maestro Ávila, Diego Perez de Valdivia.