El Matrimonio como camino de santidad en el Maestro Ávila II

La fidelidad esponsal

Sermón 11. Viernes III semana de Cuaresma. Antes de

El matrimonio, tal y como lo presenta Jesús, abarca toda la vida de los esposos. San Agustín precisamente considerara la indisolubilidad como uno de los bienes del matrimonio. Hombre y mujer se entregan el uno al otro aquello mismo que Cristo y la Iglesia, en cuanto que ambos se dan todo el tiempo que poseen, y ambos se lo dan de manera irrevocable. La única diferencia es que el amor de Jesús va también más allá de la muerte.

Siendo consciente de la gran influencia del pensamiento del obispo de Hipona sobre S. Juan de Ávila podemos descubrir la sacralidad con la que el santo describe la indisolubilidad del matrimonio, pero sobre todo remarcando esa fidelidad entre los esposos.

Jesús es claro en su anuncio de un amor para siempre, lo que lleva consigo el rechazo del divorcio; chocará por eso con las costumbres de la época. Jesús ve el matrimonio como “lo que Dios ha unido”, descubriendo así una acción del Padre en el amor de hombre y mujer. No se trata de exhortar a la constancia humana, sino de invitar a los cónyuges  a descubrir cuál es la verdadera fuente del amor.

San Juan de Ávila en sus sermones hace frecuentemente una llamada a los casados para que vivan según las exigencias del sacramento del matrimonio, en orden a vivir en fidelidad fecunda y unidad[1]. Dirá el santo maestro: “Sed amigos de aquí en delante de honrar el santo sacramento del matrimonio; no os metáis en lazos de los que no podáis salir”[2].

1. Fidelidad de los esposos

La unión de los esposos supone un vínculo para siempre. Solo la muerte es capaz de disolver tal vínculo. Ante esa promesa de fidelidad prometida en el altar los esposos tienen el deber de permanecer fieles el uno para el otro. ¿De donde radica esa fidelidad, ese vinculo que permanece para siempre en la vida de los esposo? De la entrega fiel que manifiesta Cristo a su Iglesia. San Juan de Ávila no pasa por alto esta unión: “Este mismo Dios casado con aquella naturaleza humana, Dios y hombre verdadero, acordó de casar otra vez y tomar una esposa, cierto, bien diferente de sí en linaje y en bondad, y es la Iglesia cristiana que nos llamamos esposa suya toda la congregación de los fieles[3].

Es esta imagen de la unión entre el Esposo y la Esposa, Cristo y la Iglesia, donde radica el vínculo esponsal que se da en el matrimonio. Así como Cristo se entrega por su Iglesia, el esposo debe entregarse a la esposa; así como Cristo ama a su Esposa, el esposo debe amar a su mujer; así como el corazón de Dios es solo para su pueblo, el corazón de los esposos deben permanecer fieles el uno al otro.

Esta fidelidad supone ante todo la renuncia a los demás. El corazón de los esposos deben pertenecer solo a su cónyuge, y desde el corazón el cuidado del cuerpo. San Juan de Ávila aconsejado a los esposos a cuidar esa dimensión filial del sacramento dirá a los casados: “Casada, no habéis de poner los ojos en otro sino en vuestro marido; a ti, casado, no te ha de parecer bien otra sino tu mujer”[4].

Pero esta fidelidad radica ante todo de la grandeza del sacramento: “Los sacramentos contienen y dan gracia, son vasos, que contienen tal licor, que es la gracia y en los cuales mora y obra la virtud de la sangre de Cristo, por la cual se nos ganó la gracia con que vivimos y nos salvamos”.[5] El maestro Ávila enseña como precisamente la unión matrimonial es un sacramento en el cual los esposos viven radicalmente su unión esponsal, pero sobre todo como nos hace caer en la cuenta, que como todo sacramento, en él se da la gracia necesaria para vivir dicha fidelidad entre los esposos. No cuidar esa fidelidad, o intentar romper dicha unión supone un pecado grave en el corazón de los esposos, así lo manifiesta el doctor: “¿Qué? ¿Aquel ñudo que hizo Dios entre los casados lo queréis deshacer vos? Traidor ¿Quién sois vos para deshacer lo que Dios hace? No tenéis reverencia al sacramento”.[6] El matrimonio no solo manifiesta una promesa de fidelidad entre los cónyuges, sino que refleja la unión que Dios mismo establece sobre ellos; ser fieles al vínculo esponsal visibilizar la fidelidad que ambos esposos quieren manifestar al mismo Cristo, y es que como en todo sacramento aquel que derrama la gracia y capacita no es otro sino el mismo Dios. De ahí radica la sacramentalidad y sacralidad de dicha unión, en tanto en cuanto Dios sale al encuentro de los esposos, los une y les da la gracia para vivir unidos hasta que la muerte rompa ese vínculo que se unión delante del altar.

2. El pecado de adulterio: “Desahcer lo que Dios hace”

Entonces vinieron a él los fariseos, tentándole y diciéndole: ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa? Él, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?  Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. Le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla? El les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así.  Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera”. (Mt 19, 3-9).

Jesús es claro en su anuncio de un amor para siempre, lo que lleva consigo el rechazo del divorcio; chocará por eso con las costumbres de la época. Jesús ve el matrimonio como “lo que Dios ha unido”, descubriendo así una acción del Padre en el amor de hombre y mujer. No se trata de exhortar a la constancia humana, sino de invitar a los cónyuges  a descubrir cuál es la verdadera fuente del amor.

El Catecismo de la Iglesia condena esta infidelidad de los esposos afirmando: “La infidelidad es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres”.[7]

Los Padres de la Iglesia subrayarán, al tratar la doctrina del matrimonio indisoluble, su carácter de buena nueva evangélica. Por ejemplo para el Pastor de Hermas es muestra de misericordia: el marido de la mujer adúltera no debe contraer otro matrimonio, pues ella podría arrepentirse, y él debe manifestar esa misericordia con ella y volver a reconciliarse.

Otro autor a destacar es San Agustín. El demuestra que la indisolubilidad es signo de la presencia de Dios entre los esposos, y por eso la asocia a uno de los bienes del sacramento: el amor conyugal es indisoluble porque alberga en sí el amor más grande del Señor por los hombres. El mismo san Agustín influirá en el pensamiento y en la doctrina del Doctor del Amor Divino.

Esta doctrina de la indisolubilidad se recoge perfectamente en el pensamiento de San Juan de Ávila. Siendo consciente de esa sacralidad de la unión esponsal, condenará fuertemente a aquellos esposos que no vivan fielmente dicha unión y se dejen llevar por las seducciones del adulterio. En su sermón 11 manifiesta con gran dolor la gravedad que conlleva en sí dicho pecado: “Injuria es grande que haces contra el santo sacramento en tomar la mujer de tu prójimo y hacer tan gran maldad… Su honra es la de su mujer y, habiendo deshonrado a su mujer, lo has deshonrado a él”.[8] El pecado de adulterio refleja claramente esa dimensión social del pecado, que no solo afecta a aquel que lo comete, sino que daña al resto de la comunidad. El adulterio como refleja el santo Ávila, no solo mancha la imagen del adultero, sino también de la mujer y del esposo de ésta, que le hace perder la honra y la estima de los demás.

Pero esta infidelidad supone un rechazo a la gracia de Cristo, un rechazo a la promesa que pronunciaron los esposos, pero como todo pecado supone volver a crucificar al mismo Cristo en la cruz. El pecado nos aparta de Dios pero sobre todo nos hace volver a ser cómplices del derramamiento de su sangre. Unos esposos que cometen adulterio no sólo rompen esa alianza sino que se colocan delante del Sanedrín que vuelve a condenar al mismo Señor, es ese pueblo que exclama ¡crucifícale! San juan de Ávila lo escribirá diciendo: “Viene el viernes santo y llevan los judíos a Jesucristo preso, y presentándolo delante de Pilato, y tenía entonces preso a uno que se llamaba Barrabas y era un muy insigne ladrón. Y visto que Jesucristo no merecía mal, y él deseando soltallo, preguntó a la gente de la sinagoga: ya sabéis que hay costumbre que por la honra de la Pascua suelte a algún preso, ¿a quién queréis que suelte a Barrabas o a Jesucristo? Fue tan grande la maldad de los judíos que gritaron: No soltéis a Jesús, sino a Barrabás……. La mujer que quiere más a otro hombre que al suyo, sinagoga es, que escoge a Barrabás y reprueba a Jesucristo. ¡Oh mala mujer! ¿Y no vale más el marido que Dios te dio que no el rufián que te dio el demonio? ¿Por qué, por  escoger a Barrabas, repruebas a Jesucristo?”.[9]  Es tanto el dolor y el rechazo de San Juan de Ávila al adulterio que llegará a afirmar que si él fuera pintor y tuviera que reflejar la cosa peor del mundo en una obra, sin duda alguna pintaría a un esposo siendo infiel a su esposa. [10]

La indisolubilidad del matrimonio es un Evangelio, una buena noticia traída por Jesús. Significa anunciar a hombre y mujer que su amor puede durar para toda la vida, que  la fuente de perdón nunca se agota, que se puede ofrecer a los hijos una referencia durable y segura. El “para siempre” refleja que a los esposos no les une su propio querer, les ha unido el misterio que encontraron en su amor.

3. La indisolubilidad en Trento: influencia del Maestro Ávila

El Santo Doctor jugó un papel clave en el Concilio de Trento sobre todo en torno a los matrimonios clandestinos[11]. En la sección 24 de Trento donde se profundiza en la belleza de dicho sacramento y donde se reforma, cuenta con una comisión en la que se encontraban dos grandes amigos del Maestro como eran D. Pedro Guerrero (arzobispo de Granada, a quien iban dirigidos los memoriales avilistas) y D. Bartolomé de los Mártires (arzobispo de Braga) por lo que podemos ver la influencia de la doctrina avilista en dicha reforma.

Lutero defiende la posibilidad del divorcio en caso de adulterio para el cónyuge inocente, apelando a la cláusula mateana. Cristo, que no obliga a nadie a guardar celibato, lo concedió este caso. Afirmara que el Papa abusa cuando no permite nuevas nupcias. Esa apertura al divorcio, por parte de Lutero, se debe a que el no consideraba el matrimonio como un sacramento.

A Lutero responde el Concilio de Trento en su sesión XXIV sobre el matrimonio.

“Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles [Mc. 10; 1 Cor. 7], no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges, y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema”. (DH 1807)

La influencia de San Juan de Ávila en Trento fue gracias a los Memoriales, que había escrito a petición del arzobispo de Granada. Durante las sesiones conciliares los padres hablaban con muchísima frecuencia de los “papeles” (escritos por el Maestro Ávila) que el arzobispo portaba consigo.[12] El Maestro enseñaba entusiasmado la doctrina aprobada en Trento, de ahí su enseñanza radical en la doctrina del matrimonio.

Conclusión

El maestro Ávila nos vuelve a mostrar la grandeza y la sacralidad de la unión esponsal. El matrimonio es un camino de santidad que debe ser vivido fielmente. Los esposos deben cuidar ese vínculo esponsal hasta el día de su muerte, ya que nada ni nadie puede disolver dicho vínculo.

El matrimonio aparece como un misterio encarnado de amor y de unidad, apto para manifestar el misterio de amor y unidad que existe entre Cristo y la Iglesia; sólo la unión matrimonial de aquellos que son miembros del cuerpo de Cristo aparece como una prolongación de la unión entre Cristo y la Iglesia, como una extensión del amor que Dios derrama sobre la humanidad, como alianza llamada a crear una comunidad de amor semejante a la comunidad misma de la Iglesia. El doctor Ávila nos enseñará que cuidar esa unión, significará cuidar hacer visible esa unión fiel entre Cristo y su Iglesia; una unión que es ante todo una extensión de amor que Dios derrama sobre los esposos.

 

[1]  Esquerda Bifet,  Juan, Diccionario de San Juan de Ávila, Monte Carmelo, 1999, cit., 607

[2] Ser 11, 3426 ss

[3] Ser 6,5ss

[4] Ser 11, 17ss

[5] Ser 33,206 ss

[6] Ser 11, 16 ss

[7] Catecismo de la Iglesia Católica 2380

[8] Ser 11, 16ss

[9] Ser 11, 14 ss

[10] Cfr. Ser 11, 13 ss

[11]  Esquerda Bifet, J, Diccionario de San Juan de Ávila, cit.,608

[12] Ibid , cit., 915