El Matrimonio como camino de santidad en el Maestro Ávila I

Florencio Muñoz García. Vicerrector del Seminario Mayor «San Pelagio»

Sermón 6. Domingo II después de Epifanía. Bodas de Dios y de los hombres

“Por ello, ahora la voy a conquistar, la llevaré al desierto y allí le hablaré a su corazón. Le devolveré sus viñas, convertiré el valle de la Mala Suerte en un lugar de esperanzas. Y allí ella me responderá como cuando era joven, como en los días en que subió de Egipto. Yo te desposaré para siempre. Justicia y rectitud nos unirán, junto con el amor y la ternura. Yo te desposaré con mutua fidelidad, y conocerás quién es el Señor”. (Oseas 2:16-17. 21-22).

Con este pasaje de Oseas quisiera adentrarme en la belleza y en la grandeza que supone el sacramento del Matrimonio. El matrimonio es ese camino del varón y la mujer a través del cual no sólo caminan hacia la santidad, sino que tienen un conocimiento del Señor. Es a través de ese desposorio de fidelidad y amor como los esposos viven esa unión con Cristo nuestro Señor.

Pero vamos acercarnos a este hermoso sacramento con los ojos de un gran santo y maestro como fue el Doctor del Amor divino, San Juan de Ávila. Su doctrina acerca del matrimonio se ve reflejada en diversos momentos como son: la educación de los hijos, la fidelidad de los esposos o la Iglesia como Esposa de Cristo. En diversas cartas, sermones el Maestro Ávila presenta la vida matrimonial como un camino de santidad, por eso mismo invita a los esposos a vivir el sacramento como un camino que aspire cada día a la perfección, imitando en todo momento la unión de Cristo Esposo con la Iglesia[1]. Dirá el santo: “Han de tenerlas casadas por dechado este segundo matrimonio de Cristo con su Iglesia y con cada uno de nosotros. Gran sacramento es el del matrimonio, y no hay quien tan derechamente represente la encarnación, el amor grande y la unión de Cristo con nuestra naturaleza”[2].

San Juan de Ávila no solo predicó y exhortó a los matrimonios a vivir con radicalidad su unión esponsal, sino que además jugó un papel clave en el Concilio de Trento sobre todo en torno a los matrimonios clandestinos[3]. En la sección 24 de Trento donde se profundiza en la belleza de dicho sacramento y donde se reforma, cuenta con una comisión en la que se encontraban dos grandes amigos del Maestro como eran D. Pedro Guerrero (arzobispo de Granada, a quien iban dirigidos los memoriales avilistas) y D. Bartolomé de los Mártires (arzobispo de Braga) por lo que podemos ver la influencia de la doctrina avilista en dicha reforma.

 

  1. La unión de los esposos a imagen de la unión de Cristo y su Iglesia.

Sólo el matrimonio aparece como un misterio encarnado de amor y de unidad, apto para manifestar el misterio de amor y unidad que existe entre Cristo y la Iglesia; sólo la unión matrimonial de aquellos que son miembros del cuerpo de Cristo aparece como una prolongación de la unión entre Cristo y la Iglesia, como una extensión del amor que Dios derrama sobre la humanidad, como alianza llamada a crear una comunidad de amor semejante a la comunidad misma de la Iglesia. Cuando nos acercamos a la Sagrada Escritura, contemplamos que San Pablo en la carta a los efesios se dirige a los esposos con las siguiente palabras: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. (Ef 5,25). Aquí contemplamos no solamente que existe una unión entre Cristo y la Iglesia sino sobre todo nos dice que esa unión está sostenida por el amor. Así por tanto debe ser sostenida la unión de los esposos, siempre desde el amor.

Este pasaje de Efesios ha dado lugar a diversos comentarios a lo largo de la historia de la Iglesia, son muchos los padres que han profundizado en este aspecto. San Basilio recurre a la comparación paulina para recordar al esposo que debe amar a su mujer “con el mismo amor que Cristo ama a su Iglesia”, y a la esposa que debe “someterse al marido como la Iglesia a Cristo”. San Gregorio de Nisa considera un signo de pureza interior que el esposo ame a su esposa como Cristo ama a la Iglesia.  El mismo san Agustín empleará el termino sacramentum para referirse a ese vínculo matrimonial que se graba en el corazón de los esposos, en virtud del cual los esposos no pueden separarse.

San Juan de Ávila no pasa por alto esta unión. En el sermón 6, domingo II después de Epifanía, dedica un apartado a contemplar este aspecto, ¿con qué finalidad? no otra sino ayudar a los esposos a vivir su unión como la vive el mismo Señor. Comenzará diciendo: “Este mismo Dios casado con aquella naturaleza humana, Dios y hombre verdadero, acordó de casar otra vez y tomar una esposa, cierto, bien diferente de sí en linaje y en bondad, y es la Iglesia cristiana que nos llamamos esposa suya toda la congregación de los fieles[4]. San Juan de Ávila comienza hablando de unas primeras nupcias, que son aquellas en las que se ha unido lo humano y lo divino en Dios. Pero a continuación habla de esas segundas nupcias en las que Cristo toma una esposa, que no es otra sino la Iglesia. Cristo decide establecer una alianza con ella, y a nosotros se nos ha hecho partícipes de esa alianza. Pero ahora vendría una pregunta ¿cómo se llevó a cabo esa unión entre Cristo y su Iglesia? El Doctor del amor divino nos dará la respuesta: en la Cruz. Es a través del derramamiento de la Sangre de Cristo como se establece esa unión para siempre entre el Esposo y su amada: Trabajó Jacob por su esposa cuatorce años, Cristo por la suya treinta y tres; padeció treinta y tres años para csarse con nosotros, y en la cruz se consumió el matrimonio; allí dijo: Consummatum est (Jn 19,30)[5].

La muerte de Cristo en la Cruz, su entrega se ha convertido para los cristianos en camino de salvación. Es de su costado traspasado de donde nace la Iglesia, su esposa, así como de la costilla de Adán nace Eva. Dios ha decidido unirse a ella para siempre, serle fiel, amarla. Pero ante todo el Maestro Juan Ávila da en la clave de cómo se manifiesta ese amor del Esposo: con la cruz, con la entrega de la vida, con el derramamiento de su sangre. Esta bellísima imagen manifiesta a los esposos una primera enseñanza: la unión que se da entre ambos es imagen de esa primera unión que se da entre Cristo y la Iglesia. Pero habría que dar un paso más, el ser imagen supone también reflejar aquello que contemplamos, es decir, el amor de los esposos tiene que ser un amor de fidelidad, pero ante todo un amor de entrega, de donarse el uno al otro. Así como de la entrega de Cristo en la cruz, renacemos a la vida, de la entrega de los esposos, de su donación surgirá la vida que se manifestará en los hijos, pero además esa entrega llevará a los esposos a una vida mayor, que es la santificación.

  1. ¿Qué deben buscar los esposos en su alianza matrimonial?

Basta levantar nuestra mirada a la situación actual del matrimonio para descubrir la crisis por la que actualmente está pasando dicha institución: uniones de hecho, divorcios rápidos, uniones ilegitimas, uniones del mismo sexo, falta de compromiso y fidelidad entre los esposos, pero ante todo una gran carencia del verdadero significado del matrimonio. Vemos ante todo una secularización por parte de los fieles cristianos donde  se aparta a Dios de la sociedad. La Iglesia insiste precisamente en el vínculo entre el matrimonio y Dios, tema que cobra una relevancia especial en el Vaticano II[6].  Pero creo ante todo lo que se ha deteriorado es ese valor del matrimonio como camino de santidad.

Surge así una pregunta: ¿Qué deben buscar los esposos? San Juan de Ávila lo formulará de otra manera: ¿Con quién casarse? El santo es consciente de que ante todo la esposa a la que se una el esposo, y viceversa, deben ser el instrumento a través del cual puedan vivir santamente la grandeza de dicha institución: “Vuestro  casamiento represente aquel encendido amor con que Cristo nos amó y se juntó con nosotros[7]. Juan de Ávila da unas sencillas claves a los esposos para que consideren quien debe ser su cónyuge y sobre todo como deben vivir esa unión.

Lo primero de lo que tenemos que ser conscientes es que el esposo debe buscar en la mujer, la mujer de igual manera en el esposo, el apoyo a través del cual alcance la santidad y no se condene por dicha unión. El Maestro Ávila pedirá los varones que repitan con frecuencia esta súplica: “Señor, traiga o no traiga, tenga o no tenga, suplico [os] por vuestra misericordia me la deis tal con que me salve, y que no castiguéis mis pecados con darme mala compañera[8]. El esposo no debe unirse a su mujer con otra finalidad que no sea la de vivir esa unión a imagen de la de Cristo y su Iglesia. Somos conscientes que en una época fuerte de la historia, y actualmente en algunos casos, se ha hecho de la unión esponsal un instrumento de interés a través del cual los esposos se han visto beneficiados, y han olvidado esa dimensión esponsal. San Juan de Ávila insiste mucho en unirte a aquel que sea camino de salvación y no camino de pecado, pero sobre todo nos hace descubrir esa belleza que surge en la unión del marido y la mujer. Continuará el doctor divino diciendo: “No os avalenceis a los dineros…Buscá un arrimo de doncella virtuosa, que tenga una buena fama de honestidad y recogimiento y que no quiere galas ni locuras, ni demasías…Busca mujer y no busques dinero”[9].

En el texto aparece una palabra clave en la vida del matrimonio: virtud. La virtud es aquella que va perfeccionando el corazón de los esposos, que los va elevando hacia un bien cada vez más perfecto. Juan de Ávila recuerda a los esposos esta dimensión. Convendrá examinar en seguida el amor entre el hombre y la mujer en cuanto virtud. Cada virtud sobrenatural está enraizada en la naturaleza y no reviste una forma humana más que gracias a la acción del hombre[10].

Nos encontramos ante todo un reto para los esposos cristianos que han de lograr que su vida real y concreta sea vida de virtud y expresión de una espiritualidad específica y original, que no es precisamente la de un sacerdote o un consagrado. Porque Dios no llama sólo al matrimonio, sino que llama en el matrimonio.

Siendo conscientes de esa grandeza del matrimonio como camino de santidad entendemos porqué S. Juan de Ávila insiste en la elección del cónyuge, porque de esa elección dependerá no solo los frutos espirituales de los esposos sino que ante todo serán o no imagen de la unión de Cristo Esposo con su Iglesia.

  1. Deberes de los casados

Cada esposo debe amar a su esposa como a sí mismo y cada esposa debe respetar a su esposo. Éste es el consejo de Dios, articulado claramente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento y, tanto por Pablo, el apóstol a los gentiles (Ef. 5:23ss; Col. 3,18ss) como por Pedro, el apóstol a los judíos (1 Ped. 3,1ss). Estos dos deberes (marido-amor, esposa-respeto) no son exhaustivos, pero se mencionan particularmente, ya sea porque son las fallas más comunes de cada uno o porque incluyen a todos los demás deberes.

El amor matrimonial no puede basarse en belleza o riqueza, pues éstas son pasajeras y ni siquiera en la piedad, pues ésta puede menguar. Tiene que basarse en el mandato de Dios que nunca cambia. El voto matrimonial es “para bien o para mal” y los casados deben considerar a sus cónyuges como lo mejor en este mundo para ellos. El amor matrimonial tiene que ser duradero, perdurando aun después de que la muerte haya roto el vínculo (Prov. 31:12)[11].

San Juan de Ávila teniendo como fundamente la carta a los Efesios hace una sencilla reflexión sobre estos aspectos fundamentales que tienen que darse en todo matrimonio.

Comienza con las obligaciones del esposo: “Habéis de mantener a vuestra mujer, y no solo de mantenerla, sino regalarla, y por eso que el hombre que no es amoroso, no hace lo que prometió a la Iglesia, no es un buen casado”[12].  Es principalmente deber del esposo proveer sustento para su esposa (Éx. 21,10). Ella debe ayudar hasta donde puede. El “honor” que debe darle el marido a su esposa como el vaso más frágil, bien puede referirse a su mantenimiento. Debe proporcionarle sustento, no sólo en vida de él, sino también para cuando él haya partido, como lo hizo Cristo en relación con su Iglesia. Juntamente con este aspecto el maestro Ávila invita al esposo a manifestarle el amor, la dulzura como así prometió delante de la Iglesia. El esposo, por su propio amor, debe generar amor en ella. El amor verdadero se trata más de mejorar el objeto del amor, que de enriquecer el tema. El amor verdadero, a veces, requiere la reprensión, pero debe hacerse con la mayor sabiduría y ternura imaginable, no delante de extraños, raramente ante la familia, principalmente por pecados, rara vez por otra cosa[13].

Y ¿Cómo debe vivir la esposa su deber conyugal?: “La mujer tenga profundisma reverencia a su marido en lo más secreto de su casa, como si estuviese en la plaza… La mujer este vestida de reverencia con su marido en todo tiempo y lugar, por secreto que sea, como que estuviese en la plaza; aunque el le mostrase regalos, ella con profundísima reverencia y humildad en todo”[14]. El deber especial de la esposa es el respeto.  Esta es la cualidad especial de ella. Si tiene toda hermosura y todo conocimiento, pero no respeta a su marido, no es una buena esposa. Ese respeto se manifiesta en la mansedumbre del corazón, no se debe ver como una sumisión sino como ese corazón que se entrega de manera radical al esposo. Supone despojarse de sí mismo y ser fiel al esposo al que ha jurado amor. Encontraremos siempre ese hermoso testimonio de la reverencia que tiene la Iglesia Esposa a su Cristo Esposo.

Por último hará énfasis en la fidelidad esponsal, que aunque dedicaremos un apartado especial a esta cuestión, no quisiera dejarla pasar por alto ya que es fundamento y bien del matrimonio cristiano. “Veis aquí el casamiento de ellos, pero esotros males que hay, irse el marido con otra mujer, guardénos Dios. ¡Ni mirárla!….Dejar su mujer por otra ni pensarlo”[15].

Podemos terminar afirmando que doctor de la Iglesia hace frecuente una llamada a los casados para que vivan según las exigencias propias del matrimonio cristiano, en orden a vivir en fidelidad fecunda y unidad. Los deberes matrimoniales son en vista a llevar una vida familiar recta y verdaderamente cristiana. Por eso insistirá que la preparación al matrimonio debe ser un aprendizaje del camino a la santidad como reflejará en el Sermón 27.

CONCLUSIÓN:

El maestro Ávila nos adentra en el sacramento del matrimonio pero sobre todo nos hace descubrir la belleza y la grandeza que existe en la unión esponsal. Los esposos deben ser ante todo esa imagen viva de la unión entre Cristo y su Iglesia, una unión que se manifiesta en la entrega en la cruz. Los esposos deben entregarse fielmente el uno al otro, amarse, respetarse, en definitiva vivir al matrimonio como un camino de santidad. Ese camino debe prepararse, por eso insistirá Juan de Ávila en unirte a aquel o aquella que busque en todo momento vivir fielmente el matrimonio, que sepa escuchar la voz de Dios en el corazón de su cónyuge y así se amen y respeten como Cristo ama a su esposa.

[1]  Esquerda Bifet,  Juan, Diccionario de San Juan de Ávila, Monte Carmelo, 1999.

[2] Ser 6, 186ss

[3]  Esquerda Bifet, J, Diccionario de San Juan de Ávila, cit.,608

[4] Ser 6,5ss

[5] Ibid 5,ss.

[6] Granados, J. Una sola carne en un solo Espíritu. Teología del Matrimonio, cit., 34

[7] Ser 6, 12ss

[8] Ibid.

[9] Ser 6,13 ss

[10] Wojtyla, K. Amor y Responsabilidad, Prefacio de: Henri de Lubac. Tercera edición

[11] Steele R, Los deberes de esposos y esposas, cit., 4.

[12] Ser 6, 16ss

[13] Steele R, Los deberes de esposos y esposas, cit., 8.

[14] Ser 6, 18ss

[15] Ibid.

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